Los asesinatos de adolescentes a gran escala parecen ser exclusivamente de ámbito masculino –hasta un elevado pero quizás poco significativo grado que otros actos violentos.
La disparidad genérica en violencia criminal es un logro consistente que trasciende las líneas raciales, étnicas, culturales, nacionales, y socioeconómicas (Wilson y Herrnstein, 1985).
La distribución racial de nuestros sujetos parece ser similar a la de la población en EEUU según recoge en 1990 el censo (U.S. Census Bureau, 1990) pero difiere estrepitosamente de los datos de homicidios de adolescentes.
En 1993 el porcentaje base de homicidios por arma de fuego entre adolescentes blancos era de 12.8: 100,000; entre los adolescentes afro americanos era de 131.5:100,000, con una diferencia de más de 10 (FBI 1994).
Creemos que esta marcada diferencia racial se debe al entorno pobre y urbano de los homicidas adolescentes afro americanos en contraste con el entorno reducido de la ciudad residencial de clase media del adolescente asesino. La mayoría de los casos de estudio de los últimos 5 años pueden representar un “contagion” o efecto “imita monos”.
Hay muestras de que los suicidios se incrementan tras la publicidad de eventos suicidas y que cuanta más publicidad se le da a las historias mayor es el in cremento (Bollen y Phillips 1992). También hay muestras de que ciertos tipos de violencia a gran escala desencadenaran en un breve y conciso incremento de homicidas (Phillips 1983).
El cuadro de estatus “solitario”, victimización por acoso, familias rotas, y una obsesión sobre una fantasía violenta introduce una dinámica social de alineación frente a los otros, la posibilidad de una patología de acercamiento, y un modo compensatorio de reparo narcisista, especialmente entre los vengadores del aula.
Otros han sugerido una inclusión del problema entre los adolescentes de asesinos a gran escala (Mcgee y DeBernardo, 1999) que, si es medible sería probablemente categorizado como “desdeñoso” (Bartholomew, 1990): la desposesión de afecto y devaluación de aquellos que son negligentes, indiferentes, o, en caso de acoso, obviamente cruel. Bowlby (1944) se refirió a estos sujetos como “delincuentes sin afecto” en su clásico estudio de ladrones juveniles.
El uso de la fantasía narcisista compensatoria para sacar objetos reales y reparar las heridas emocionales ha sido muy discutido en la literatura psicoanalítica. (Kernberg, 1975; Person, 1995) y explorado empíricamente en estudios forenses (Hempel et al., 1999; Meloy, 1988,1998).
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