El medio ambiente y la visión humana del mundo
Las grandes culturas idólatras de Egipto y Mesopotamia reflejaban con exactitud su medio físico. Su religión, como la de los hititas y cananeos, estaba centrada en la naturaleza. No tenían un concepto verdadero de un Dios Creador, único y todopoderoso.
De tal forma, los desvaríos climáticos, los eventos de la agricultura y la geografía del mundo que les rodeaba, los atribuían a la intervención de una amplia gama de dioses. La geografía distintiva de Egipto y Mesopotamia, en particular los grandes sistemas fluviales de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates, determinó en gran medida la diferencia de su estilo de vida.
La naturaleza y la fe
La mezcla de culturas ha logrado encubrir los contrastes entre las dos grandes civilizaciones fluviales, la egipcia por el Nilo y la mesopotámica por el Tigris y el Éufrates. Mientras que Mesopotamia estaba expuesta a ser invadida tanto por los pueblos de las montanas como por los nómadas del desierto, Egipto se encontraba más seguro en su aislamiento. Las planicies bajas de Mesopotamia también eran amenazadas por imprevistas inundaciones debido a los caprichos del clima y a los derrumbes que ocasionalmente formaban presas en los grandes ríos tributarios del Tigris.
Las aguas de esta forma contenidas, irrumpían soltando enormes torrentes de agua. La amenaza de salinidad, que tornaba infértil la tierra, quizás explique la migración general hacia el norte, a las planicies medias de Mesopotamia, después de la caída de la civilización sumeria.
Entre estos habiru o apiru, denominación de las personas desplazadas, estaba Abraham, un arameo errante.

De nómadas a administradores de la tierra
La llegada de los pueblos del mar a las costas de Palestina, de los cuales los filisteos eran los mejor conocidos, hizo que se introdujera el empleo del hierro, evento muy significativo en aquella época.
La transición efectuada desde nómadas a un estado de vida sedentario por parte de los israelitas en Palestina durante el siglo XII a.C., es reconocida como un evento decisivo en la región. Pero el proceso que dio base a todo ello es de índole más crucial aún, como en el caso de la separación de Abraham del mundo mesopotámico y la posterior emancipación de Moisés de las costumbres egipcias.
El concepto que de la naturaleza tiene el hombre determina su uso de ella. El conocimiento del Dios Creador característico de los israelitas, les inculcaba una actitud muy diferente hacia la naturaleza y el manejo de la tierra, confiando en su promesa: “Y si vosotros obedecéis puntualmente mis mandatos que yo os prescribo hoy, amando a Yahvé, vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, yo daré a vuestra tierra la lluvia a su tiempo, lluvia de otoño y lluvia de primavera, y tú cosecharás tu trigo, tu mosto y tu aceite; yo daré a tu campo hierba para tu ganado, y comerás y te hartarás” (Deuteronomio 11:13-15).
Dios en la naturaleza
Por lo tanto, los israelitas no tenían otra definición para la naturaleza más que la idea de la actividad de Dios mismo. Era Dios quien hablaba en la tormenta; El bendecía en la lluvia y quien maldecía en la sequía. Dios respiraba en el viento, así como juzgaba en el terremoto y manifestaba su gloria en los cielos.
La fe hebrea que contemplaba a Dios obrando dentro de la actividad y de los misterios de la naturaleza, comprendía que El la trascendía y estaba sobre ella. Dios no estaba limitado por el medio ambiente, tal como creían los sirios paganos. El concepto que Israel tenía de Dios y de la naturaleza no era filosófico, sino que nacía de la fe y de la experiencia.
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