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La comida. Mal nutrición

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opinión) |21 alumnos|Fecha publicación: 11/08/2011
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Capítulo 4:

 La gordura. Adaptación descarriada (1/2)

La gordura, adaptación descarriada…

Aunque la comida se ofrece por todas partes, aun en las más inesperadas, como sería dentro de los confines de la Plaza de San Pedro en Roma. La comida no puede culparse por sí misma por nuestras adiposidades exageradas.

Engordar, es una sola de las múltiples respuestas que nuestros cuerpos poseen en su repertorio, poco estudiado y menos entendido, para adaptarnos a la escasez natural de alimentos.

Nosotros (los seres humanos, por razones no esclarecidas) poseemos diez veces más células adiposas que las que posee cualquier otro mamífero por esa razón, no toleramos bien el hambre.

La explicación hipotética para la gordura humana la concibió el genético James Neel cuando estudiaba los indios Pima de Arizona. Cuando esta tribu fue trasladada a otras regiones, debido a que la falta de agua potable y de alimentos donde entonces vivieran, los estaba diezmando rápidamente. En su nueva localidad muchos murieron de hambre pero otros sobrevivieron. Los que sobrevivieran, pensó Neel, lo hicieron porque eran proclives, genéticamente a almacenar grasa. Los que fueran muy propensos a esta virtud, perecerían más tarde por la misma razón: Mucho de algo bueno, es bueno, más puede que sea mejor… pero, demasiado, en este caso, mata…

La estrategia que todos invocamos con mayor facilidad y frecuencia, por ser la más simple, para explicar nuestras tendencias genéticas hacia la gordura es la de: Engordamos, para almacenar las reservas extras que (necesariamente) utilizaremos cuando la comida nos falte. Pero, hay otra manera de mirar a este enigma desde otra perspectiva, basados en estadísticas recientemente publicadas. Estas últimas se fundan en el hecho de que la mosca de frutas (drosophila melanogaster) vive más tiempo si se somete a un régimen de hambre considerable. Este mismo descubrimiento ha sido replicado en ratas de laboratorio, y en las vidas de los muchos centenarios humanos que han sido analizados cuidadosamente ¿Pudiese ser que fuera posible que la Naturaleza, favoreciera a quien puede sobrevivir, durante períodos de escasez, sin comer (o comiendo menos) y sin engordar?

Muy posible. Ya que la Naturaleza está repleta de sistemas redundantes para garantizarnos la vida.

La explicación ofrecida, parecería obvia, a quienes usen sus mentes, para pensar, entre otras cosas…

Recordemos, que el único factor científico demostrado, asociado con la longevidad, es la malnutrición.

Mensaje para los dietistas del mundo: Deploramos (con placer perverso) informarles que ni ustedes, ni nadie más, saben mucho acerca de la enfermedad que dicen tratar: la obesidad. Y que la dieta que ustedes ofrecen es la misma enfermedad que ustedes pretenden tratar.

El problema se reduce, simplemente al acto de comer como comemos, por la simple razón de que la comida que nos gusta debe de ser rica y pesada…

Todos observamos que la comida apetitosa de hoy es azucarada, grasosa y salada.

Otra dificultad es que el sabor intenso de las comidas que nos despiertan el gusto, a su vez, está asociado con la presencia en la sangre circulante de neurotransmisores que excitan el placer y que en modos discretos nos acostumbran a la necesidad de la exposición repetida al estímulo sensual en otras palabras nos habitúan. Entonces comemos por el placer bioquímico generado y no porque la comida sea necesaria.

Las comidas que nos sirve la Naturaleza en la mesa abundante de los mares, de los ríos, de los bosques y de donde quiera que las extraigamos, son comidas simples, satisfacientes y fundamentalmente equilibradas (como el aire) para proveernos, meramente, con otro elemento necesario para sostener la vida.

Pero, cuando la sal, las grasas y el azúcar entran en nuestras bocas y se ponen en contacto con nuestras lenguas, algo singularmente misterioso sucede. La presencia del triptofano circulante (precursor de la serotonina) se altera y una euforia transitoria sigue. Razón ésta porque los deprimidos buscan el chocolate, pican o hacen ambas cosas.

Otra vez, parece ser como si la Naturaleza, sabiendo que Ella nunca comenzaría a producir y a ofrecernos fast foods, que para que tuviéramos la oportunidad infrecuente de gozar un paréntesis placentero dentro de las miserias de nuestras existencias selváticas, que gozar del mordisco de una comida deliciosa era un favor pero, meterse de una sentada una caja de bombones esto, no lo había contemplado, la Naturaleza, en sus planes meticulosos.

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