Epidemiología
Hay dudas alrededor del concepto de depresión en gente joven, y métodos no validados para valorar la depresión llevaron a una variabilidad importante en su prevalencia en los estudios de los años ochenta (Angold, 1988).
La prevalencia oscila desde el 4 hasta el 20% de los niños vistos en escuelas secundarias (Cooper y Goodyer, 1993). La gran variabilidad de los datos se debe a la gran heterogeneidad de las muestras estudiadas. Otro problema, no menos importante, lo constituye el hecho de si estamos evaluando la prevalencia de la depresión como síntoma, síndrome o desorden (Tomàs et al., 1996).
El estudio epidemiológico de la Isla de Wight concluyó que la prevalencia anual de trastorno afectivo es de 1.4 por 1,000 niños de 10-11 años de edad, datos que aumentaron de manera significativa (15 por 1,000) cuatro años después (Rutter et al., 1976). Si nos concentramos en síntomas aislados, 12% de niños de 10 años describieron sentimientos de tristeza. En el grupo de edad de 14 años, 40% expresaron sentimientos de tristeza, 20% auto-denigratorios, y 8% pensamientos suicidas.
Whitaker y su equipo (1990) diseñaron un estudio epidemiológico en dos estadios estimando la probabilidad de que un joven que vaya a una escuela secundaria desarrolle un trastorno psiquiátrico a lo largo de su vida. De los 5,108 cuestionarios que devolvieron los estudiantes, 356 estudiantes se sometieron a entrevistas en profundidad. Las prevalencias de trastorno de pánico, trastorno obsesivo-compulsivo, y anorexia fueron menores del 2%, mientras que la presencia de depresión y ansiedad generalizada fueron entre el 4-5%.
Las razones que explican el incremento de la prevalencia después de la pubertad, especialmente en niñas, no son claras, pero podrían incluir cambios hormonales, una madurez cognitiva mayor, cambios en el soporte social, un incremento en la cantidad de factores estresantes en el vivir de cada día, y efectos genéticos tardíos.
Teniendo en cuenta el carácter temporal y la falta de concordancia entre padres y maestros, resulta difícil el valorar la elevada proporción de los casos auto-descritos, pero se podría dar el caso de que ni tan solo representaran un factor de riesgo para desarrollar un trastorno depresivo con posterioridad. A pesar de esto, los síntomas depresivos se encuentran asociados a delincuencia , baja autoestima, y estar alienado de los padres (Harrington, 1995).
Etiología
No existen conclusiones definitivas en términos de raza, clase social, o factores ambientales precipitantes, pero una historia familiar de trastorno psiquiátrico parece ser significativa. Tal vez, podemos observar una agregación familiar específica porqué ciertas adversidades se tienden a repetir en familias. Así, Goodyer et al. (1993), concluyeron que familias de chicas adolescentes deprimidas parece que se vuelven predispuestas a sufrir situaciones estresantes, debido a la psicopatología de los padres. Estudios familiares no pueden discriminar entre una mediación genética y del ambiente, y debemos esperar hasta que tengamos los resultados de estudios de gemelos hasta que podamos extrapolar conclusiones de las contribuciones relativas de genes y ambiente.
Además, debemos averiguar cuáles son los mecanismos a través de los cuales estos factores estresantes externos pueden llevar a un estado afectivo interno de depresión. Diversos modelos psicológicos se han diseñado para explicar estas relaciones, pero tal vez, el que más influencia ha tenido a nivel de investigación en niños, es el concepto de desesperación aprendida (“learned helplessness”; Seligman y Paterson, 1986). En términos humanos, existiría un estado expectante de desesperanza que es generalizado a la nueva situación. Se postula que el esperar que ocurran situaciones estresantes negativas incontrolables puede llevar a la depresión, pero solamente si la persona las atribuye a causas internas. Por ejemplo, “He suspendido el examen porqué soy una calamidad”. La teoría de desesperación aprendida (”learned helplessness” y ahora “learned hopelessness”), tiene diversas similitudes con las teorías cognitivas de depresión. La ocurrencia de estas cogniciones ha estado documentada en diversos estudios de niños deprimidos, en los que su estilo desfigurado de procesar información autoevaluativa los distingue de niños con otros trastornos psiquiátricos (Kendall, 1992).
Finalmente, la hipótesis de las aminas continua siendo influyente en los intentos de entender la patofisiología de los trastornos afectivos, demostrando que depresión resulta de hipoactividad de los sistemas de recompensa de monoaminas. Diversos estudios de gente joven sufriendo de trastornos depresivos han descrito anormalidades de los marcadores biológicos que se cree reflejan la actividad de estos sistemas. (Rogeness et al., 1992). Además, también existe una presencia significativamente menor del metabolito de la serotonina 5-HIAA en el fluido cerebroespinal de los jóvenes que intentan suicidio, y los que consiguen llegar a suicidarse (Asberg et al., 1986).
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