LA VÍA A LA ESPIRITUALIDAD ES EL SILENCIO INTERIOR. SU FRUTO ES EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO
El camino hacia la sutilización, hacia la espiritualización, es el camino del silencio. ¿Silencio de qué? De todas las construcciones que nuestra necesidad proyecta sobre lo que hay. Silenciamiento de todas nuestras objetivaciones, representaciones figuraciones; silenciamiento de todos nuestros deseos; silenciamiento del continuo movimiento que el deseo imprime a nuestro pensar y sentir: hacia atrás, los recuerdos, y hacia adelante, los proyectos.
El silencio interior retira la retícula que nuestra necesidad proyecta sobre «eso que hay». Al retirarla, acalla el mundo dual de sujetos y objetos que imponemos a la realidad desde nuestra condición de vivientes.
Quien silencia la objetivación, retira el velo que recubre lo real y, de rebote, silencia al sujeto.
Quien silencia al sujeto, con sus deseos, sus recuerdos y sus proyectos, silencia el mundo de los objetos.
Quien silencia la lectura de sujetos y objetos se encuentra con «eso no-dos» que todo es. Cuando esto ocurre, se comprende que el testigo y el «no-dos» no son dos.
En eso consiste el conocimiento y el sentir silencioso.
Desde las nuevas condiciones culturales, todas las tradiciones son sólo caminos al silencio, caminos al conocimiento silencioso.
La noción de «conocimiento silencioso» es una noción clave para comprender las tradiciones religiosas del pasado en su diversidad y en su unidad para interpretar la mística de todas las tradiciones; y también es fundamental para manejar el legado religioso del pasado en una situación cultural, inevitable y sin marcha atrás, sin mitos, ni símbolos, ni creencias, ni religiones ni sacralidades que programen a los colectivos. Intentemos precisar algo más la noción de «conocimiento silencioso».
¿Cómo lo caracterizaron las grandes tradiciones religiosas del pasado?
Para la tradición que se inicia a partir de Jesús, es el conocimiento que resulta de «morir a sí mismo», en perfecto estado de alerta. ¿Cabe mayor silencio interior que el del que ha muerto?
La misma idea se expresa en la tradición del profeta Mahoma, cuando afirma que es preciso «morir antes de morir». Cuando uno se acerca a las realidades, muerto, aunque todavía vivo, entonces puede conocer la realidad como ella es. Acercarse muerto pero vivo es acercarse silencioso, con el sujeto sin deseos ni recuerdos ni proyectos.
Ya sabemos que quien silencia al sujeto, silencia simultáneamente las objetivaciones, los objetos. La tradición budista conduce, a través de la comprensión de la radical impermanencia de todo y de la concentración, al conocimiento del constructor de toda nuestra realidad: el deseo, el constructor. Desde ahí lleva al conocimiento mental y sensitivo del vacío radical de todo.
¿Vacío de qué? De todas nuestras construcciones, objetivaciones, representaciones y categorías. Cuando se conoce el vacío de todo, se conoce el Vacío que es «Eso» que hay y que está completamente vacío de toda dualidad de objetos y sujetos.
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