La tradición hindú utiliza explícitamente los diferentes tipos de yoga para silenciar al sujeto y a todas sus construcciones, hasta conducirle al conocimiento de «Eso que hay» que es Ser-Conciencia-Beatitud, Existir-Luz. El Ser-Conciencia de la tradición hindú carece de cualificación alguna, por tanto, es equivalente al Vacío de la tradición budista.
En todos los casos se está hablando de un conocimiento que los místicos cristianos han llamado «conocimiento no-conocimiento», «conocimiento superesencial», «conocer de esencia a esencia», «luz tenebrosa», «conocimiento que es un no-saber». ¿Por qué le aplican expresiones tan enigmáticas? Porque se trata de un conocimiento silencioso, es decir, de un conocimiento en el que se ha silenciado por completo toda objetivación: lo que se conoce no es un objeto; y se ha silenciado toda subjetividad: el que conoce no es un sujeto.
El conocer silencioso —que es simultáneamente y sin posible disociación, conocer y sentir, conmoción, luz y calor— es verdadero conocer y verdadero sentir; pero lo que se conoce es nada, porque para un animal viviente lo que no sea objeto con relación a sus necesidades es nada, vacío; y quien conoce es nadie, porque el que conoce no es un sujeto de necesidad frente a un medio de objetos.
El conocimiento silencioso es conocer y sentir donde nada es conocido y nadie conoce, porque es un conocimiento de la no-dualidad desde la no-dualidad, de la unidad sin fisuras y desde la unidad sin fisuras. Ésta es la razón por la que el conocimiento silencioso es inefable. Ningún método o razonamiento puede conducir a él, porque todo método y todo razonamiento se mueven, siempre y necesariamente, en el ámbito de la dualidad en el que hay sujetos y objetos.
Ese conocer y ese sentir, que también es percepción, no puede lograrlo ni el esfuerzo ni los méritos de ningún sujeto, no es el término de ningún proceso, porque todo esfuerzo, todo mérito y todo proceso afianzan su punto de partida, que es el sujeto, y, por tanto, obstaculizan el conocimiento silencioso.
El conocer silencioso es sólo don, don real y verdadero, pero es don de nada y es don de nadie a nadie, porque cuando llega, lo que llega no tiene cualificación alguna posible y porque su llegada muestra el absoluto vacío del sujeto.
El conocimiento silencioso es la presencia absoluta, la presencia de la realidad absoluta, aunque no sea presencia de nada y de nadie. Por eso el conocimiento silencioso es como un rayo de tinieblas en el que las tinieblas no proceden de oscuridad alguna sino de la intensidad y profundidad de la luz.
La oferta única de las tradiciones religiosas a las nuevas sociedades industriales de innovación y cambio continuo es el conocimiento silencioso, la posibilidad de escapar de la identificación con la estructura dual de la realidad —en la que existe la pluralidad, el espacio y el tiempo, el nacer y el morir—, para llegar a comprender que «lo que es» es «Eso no-dual», que yo también soy, en lo que no hay pluralidad, ni espacio, ni tiempo, ni nacer ni morir, sino sólo unidad.
Cuando se ha comprendido «lo que es», se comprende la irrealidad de la lectura de lo real que el sujeto necesitado hace y la vaciedad del mundo de sujetos y objetos que construye. Ése es el primer paso: conocer la irrealidad de la construcción que se siente y se vive como lo que es. El segundo paso, que es simultáneo, consiste en conocer que los sujetos y los objetos, las individualidades y la diversidad sólo son irreales y vacías si las tomo por la realidad, pero plenas y reales si las veo como lo que son, «no-otras» del Único; son el «no-dos» mismo en la manifestación de su infinita riqueza.
Todo son formas del Sin-forma, destellos del Absoluto, su presencia. Todo es, y nada nace ni muere, porque todo es «lo que es», «el que es», el Ser-Conciencia, el Único, el Vacío. No hay otro con respecto «al que es». Todo lo que hay y es, no es otro que el «no-dos». Dios, el Absoluto, «lo que es» no es «otro» de nada.
Así todo, porque es vacío, tiene valor absoluto. Ésa es la sacralidad en la que todo es sagrado porque nada es sagrado. O dicho a la inversa: porque nada es sagrado, todo es sagrado.
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