La edad de inicio puede oscilar entre los 4 y 12 años (Werry, 1992; Mackenna, 1994). Antes de ponerse enfermos, los niños parecen normales y hacen una vida normal. En algunos casos, hay indicaciones de que algo raro está pasando en una tendencia a soñar despiertos, introversión, problemas de socialización y para hacer amistades, o pequeñas anomalías en el desarrollo del lenguaje. El trastorno puede empezar de manera aguda, en días, o por otro lado puede aparecer de manera insidiosa durante meses o años. Un problema añadido aparece cuando el niño presenta anormalidades en su desarrollo del lenguaje. No obstante, donde encontramos un cambio significativo del comportamiento, sugestivo de alucinaciones, y acompañado de un estado de ánimo irracional, el diagnóstico de esquizofrenia todavía puede ser inferido, especialmente si existe una respuesta satisfactoria a neurolépticos.
Cuando la enfermedad empieza antes de la edad de siete años, la presentación es generalmente como trastornos de la conducta y del habla. Ejemplos de trastornos del comportamiento serian la mirada fija en el infinito, el merodear sin rumbo ni destino, la masturbación continuada, el esconderse, el pasar horas mirándose al espejo, o la violencia.
Si la enfermedad empieza después de los siete años, se caracteriza más por delirios (desorganizados y simples en relación con la edad del niño), y alucinaciones auditivas.
El curso de la enfermedad es variable, parte debido a diferencias en la definición, parte a variaciones individuales. El trastorno es generalmente fluctuante, pudiendo aislar en cada recaída tres fases: una de pródromo (o síntomas indicadores de que algo va a pasar), una fase activa (con los síntomas descritos anteriormente), y una de recuperación. La duración de los episodios es de aproximadamente un año. El número de episodios puede variar desde uno a muchos. En adultos, el trastorno tiende a alcanzar una estabilidad al cabo de 5 a 10 años, y/o unos 4 episodios activos (Angst, 1988).
En adultos, la proporción de pacientes que se recuperan es del 25-40% (Westermeyer & Harrow, 1988). Estudios de este tipo en niños son poco frecuentes, aunque se acepta que el desenlace es más pesimista que el 25% mencionado en los adultos, y sólo una privilegiada minoría se recuperará sin sufrir ninguna otra recaída. En uno de los pocos estudios de factores predictivos a largo plazo en la esquizofrenia infantil, Werry & McClellan (1992) encontraron que prácticamente toda la varianza podía ser explicada en términos del nivel funcionamiento y la personalidad antes del inicio de la enfermedad, y el grado de recuperación después del primer episodio. Así, la esquizofrenia infanto-juvenil tiene que ser considerada como un trastorno serio, episódico, crónico, y progresivo, que produce una afectación considerable de las habilidades del individuo, y requiere supervisión continuada por parte del equipo de salud mental. En el lado positivo, cuando el trastorno finalmente se vuelve latente, puede darse una mejora lenta y limitada a lo largo de los años (Angst, 1988).
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