Durante la entrevista Grant habla a Lee con tanta deferencia que uno de los miembros de su estado mayor murmura a su vecino: Pero, ¿cuál de los dos se rinde al otro?
Grant:
Al abandonar el campamento esa mañana, no esperaba un desenlace tan rápido. También, mi atuendo era de los más simples. Según mi hábito cuando cabalgaba en la campiña, no llevaba espada y tenía una camisa de soldado raso con charreteras que indicaban mi grado. Cuando entré en la casa, hallé al general Lee. Nos saludamos con un apretón de manos, luego nos sentamos. Estaba acompañado de mi estado mayor, buena parte del cual permaneció en la pieza durante nuestra entrevista.
No podía discernir los sentimientos que experimentaba el general Lee. Hombre lleno de nobleza, su rostro no traicionaba sus pensamientos profundos y era imposible adivinar si estaba aliviado de que la guerra llegase a su fin o entristecido por ese desenlace, pero era demasiado orgulloso para dejarlo entrever. Cualesquiera fuesen sus pensamientos, no los dejaba manifestar. En cuanto a mi, que había sido tan feliz al recibir su carta, lo que experimentaba no se parecía en nada a la alegría delante de la caída de un enemigo que había peleado tanto tiempo y tan valientemente y sufrido tanto por una causa que, a mi parecer, era una de las peores y una de las menos justificables por las que un pueblo haya luchado jamás. Pero, con todo, no dudo de la sinceridad de la gran mayoría de los que han tomado las armas contra nosotros.
El general Lee, vestido de gala, llevaba una espada ricamente ornada, probablemente la que le había ofrecido el estado de Virginia. En todo caso, era una espada muy diferente de la que se lleva en campaña. Vestido como yo lo estaba, de simple soldado, mi apariencia debía presentar un contraste sorprendente con ese hombre de alta estatura, de un porte lleno de nobleza e impecablemente vestido. Pero en ese momento, yo no pensaba en ello.
Nos pusimos enseguida a hablar del tiempo pasado (...). Dada la diferencia de grado y edad (yo era dieciséis años menor que él) no creía haber atraído suficientemente su atención, en otros tiempos, como para que recordase nuestro encuentro después de tantos años. Nuestra conversación se había vuelto tan cordial, que yo olvidaba el motivo de nuestra cita. Después de haber conversado algún tiempo de esa manera, el general Lee me recordó que había venido a fin de conocer las condiciones propuestas para la rendición. Le respondí que mi intención era pedirle que sus tropas depusieran armas para no volverlas a tomar más, a menos de haber sido regularmente intercambiadas. Me aseguró que de ese modo había interpretado mi carta.
Luego, poco a poco, nuestra conversación pasó a otros temas. Al cabo de un momento, el general Lee volvió a interrumpir la conversación, sugiriendo escribir las condiciones propuestas por mí para la rendición de su ejército. Dirigiéndome a mi adjunto, el coronel Parker, le pedí que trajera elementos para escribir y comencé a redactar el texto siguiente:
Appomatox, Court House, Virginia.
9 de abril de 1865.
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