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Capítulo 1:

 Kanji para recordar I. Introducción al libro y al método (1/6)

Aprende con este curso de Herder Editorial, fragmento del libro: "Kanji para recordar I", de los autores James W. Heisig, con Marc Bernabé y Verònica Calafell (ISBN 9788425425935). Puedes descubrir y adquirir este libro en http://www.herdereditorial.com/section/2458/

Kanji para recordar I. Portada de libro. Herder Editorial

INTRODUCCIÓN

James W. Heisig

El objetivo de este libro es proporcionar al estudiante de japonés un método sencillo para correlacionar la escritura y el significado de los caracteres japoneses de modo que ambos aspectos resulten fáciles de recordar. El libro no está únicamente pensado para el principiante, sino también para el estudiante más avanzado que desee obtener una solución al constante sentimiento de frustración que surge al olvidar como escribir los kanji, y para el estudiante que desee un modo de sistematizar lo que ya conoce. Este método ofrece una nueva perspectiva desde la cual aprender los kanji, mostrando como desglosar las complejidades del sistema de escritura japonés, señalando sus elementos básicos y sugiriendo modos de reconstruir los significa dos a partir de dichos elementos.

Existen, por supuesto, muchas cosas que las páginas de este libro no harán por nosotros. No vamos a encontrar nada sobre cómo se combinan los kanji para formar palabras compuestas. Ni tampoco hablaremos de los distintos modos de pronunciar los caracteres. Además, se han omitido todo tipo de cuestiones relacionadas con su uso grama ti cal. Todos es tos son te mas que de ben ser tratados de forma especial e independiente. De todos modos, podemos simplificar enorme mente la memorización del significado y de la escritura de los kanji —que quizás sea la barrera más difícil de superar con creces al aprender japonés— si aislamos ambos aspectos y los estudiamos por separado.

Lo que hace que sea tan fácil olvidar los kanji es que carecen de conexión alguna con los patrones normales de la memoria visual. Estamos acostumbrados a las montanas y a las carreteras, a las caras de la gente y al aspecto de las ciudades, a las flores, a los animales y a los fenómenos naturales. Aun que sola mente podamos recordar inmediatamente una fracción de lo que vemos, estamos seguros de que, si prestamos suficiente atención, podremos recordar cualquier cosa que queramos recordar. Esta confianza no existe en el mundo de los kanji. La aproximación más cercana al tipo de patrones de memoria que requieren los kanji son los diversos alfabetos y sistemas numera les que conocemos. La diferencia estriba en que, mientras dichos símbolos suelen ser pocos y muchas veces están relacionados con sonidos, los kanji son miles y no tienen valores fonéticos consistentes. No obstante, los meto dos tradicionales para aprender los caracteres japoneses han venido siendo hasta ahora los mismos que los métodos para aprender los alfabetos: repetir las formas una por una, una y otra vez, año tras año. Dejando aparte todo valor ascético que pudiera tener dicha actividad, el modo más efectivo seria primero es de relacionar los caracteres a algo no relacionado con su sonido, para así romper los vínculos con la memoria visual, en la que confiamos al aprender los alfabetos.

Los orígenes del sistema de escritura japonés se remontan a la antigua China, al siglo XVII antes de la era cristiana. La escritura china, en la forma en la que la encontramos codificada unos 1000 años más tarde, consisto básicamente en detallados caracteres pictográficos. Al transcurrir los siglos, dichos caracteres sufrieron varias transformaciones y un proceso de estilización, así que en el momento en el que los kanji fueron introducidos en Japón, gracias a unos monjes budistas de Corea, y los japoneses empezaron a experimentar con la escritura china para ver como la podían adaptar a su propio idioma (aproximadamente entre los siglos IV y VII de nuestra era), ya se trataba de caracteres mucho más ideográficos y abstractos. Los japoneses efectuaron sus propias contribuciones y cambios con el tiempo, algo que cabía esperar. Y siguen haciéndolo, como cualquier otra cultura oriental moderna que utilice los kanji, aun más en cuestiones de uso de forma.

Esta historia es tan fascinante que muchos han respaldado el estudio de la etimología como un modo de aprender los kanji. Sin embargo, el estudiante se da cuenta rápidamente de los muchos puntos débiles de dicho enfoque. Es muy atractivo ver el antiguo dibujo de una mujer grabado tras su respectivo kanji, o descubrir la forma rudimentaria de una mano, un árbol o una casa. Pero cuando apartamos la vista del caracter, la clara memoria visual del familiar objeto sirve poco para recordar cómo escribir el kanji. Los estudios etimológicos son de mayor ayuda tras haber aprendido los kanji de uso general. Antes de eso, lo único que hacen es añadir más obstáculos a la memoria. Necesitamos distanciarnos mucho más radicalmente de la memoria visual.

Vamos a describirlo de un modo alternativo más grafico. Imaginémonos llevando un caleidoscopio a la luz y manteniéndolo lo más inmóvil que nos sea posible. Intentemos grabar en la memoria el peculiar dibujo que el juego de luz, espejos y piedrecitas de colores formaron. Es posible que nuestra memoria no esté lo suficientemente habituada a estas cosas y que tardaremos un rato, pero supongamos que lo conseguimos tras unos minutos. Cerramos los ojos, trazamos el dibujo en nuestra mente y a continuación comparamos nuestra propia imagen con la original hasta que estamos seguros de que la hemos memorizado bien. En ese momento pasa alguien y nos da un golpe en el codo. Se perdió el dibujo y aparece una nueva combinación en su lugar. Nuestra memoria empieza inmediatamente a dispersarse. Apartamos el caleidoscopio, nos sentamos e intentamos redibujar lo que acabábamos de memorizar, pero es inútil. No existe nada en nuestra memoria a partir del cual podamos sostener la imagen. Los kanji son exactamente lo mismo. Podemos sentarnos en nuestro escritorio y escribir y reescribir media docena de caracteres durante una hora o dos pero al día siguiente descubriremos que, al ver algo similar, se borra nuestra memoria anterior o a lo sumo la nueva información confunde irremediablemente a la antigua.

Pero esto no es lo más curioso. Lo más curioso es que en lugar de admitir abiertamente que eso es culpa de la memoria visual, nos acusamos de tener poca memoria o de falta de disciplina, y seguimos empeñados en estudiar una y otra vez con los mismos métodos. Así que si conseguimos dar nos cuenta de que el problema radica en un uso impropio de la memoria visual, podremos entre ver las posibilidades de otro tipo de memoria que podría ocuparse con relativa facilidad de la tarea: la memoria imaginativa.

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