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Lingüística general

Autor: Andres Segundo Effer Herrera
Curso:
10/10 (1 opinión) |728 alumnos|Fecha publicación: 12/05/2010
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Capítulo 2:

 Evolución histórica de la lingüística

La historia de la Lingüística se ha venido construyendo desde la antigüedad, por una tradición de ideas y tratados sobre el lenguaje: la retórica, la gramática, la filología, la morfología y la sintaxis.  Para fundirse, más adelante,  en la ciencia comprendida en la Semiología y, ésta a su vez, en la Psicología Social.

Los filósofos retóricos presocráticos iniciaron esta especulación lingüística, discutiendo dos cuestiones fundamentales: hasta qué punto el lenguaje era “natural” y hasta qué punto “convencional” y; hasta qué punto el lenguaje es anómalo (variable, irregular e impredecible).  En los Diálogos de Platón ya aparecen cuestiones de lingüística, por ejemplo en “Crátilo”, razón por la cual es probable que Sócrates se interesase por esas cuestiones.  Más tarde, Aristóteles retomó el interés por el lenguaje, tratando cuestiones lingüísticas relacionadas con la retórica y la crítica literaria en sus obras “Retorica y Poética”.

A pesar de todo lo anterior, fueron los filósofos del estoicismo los primeros en reconocer a la lingüística, como una rama separada de la filosofía.  En la época helenística, era necesario el estudio de la lingüística por lo extenso del imperio de Alejandro Magno ya que dentro de él, se hablaban diferentes lenguas.  Por ésta razón, se crearon institutos de enseñanza de la lengua griega; lengua oficial del imperio, como medio de cohesión y dominio de los pueblos bajo la influencia griega.  Estos estudios intentaban preservar los niveles de gramática y estilo alcanzado por los grandes autores griegos.  Algunos estudiosos del lenguaje, se orientaban hacia la literatura, como Dionisio de Tracia; otros hacían referencia a los principios lógicos y psicológicos que subyacen en el lenguaje.

Cuando Grecia entra en contacto con Roma, la lingüística estaba bastante desarrollada. Basándose en las gramáticas griegas, los estudiosos romanos intentaron concebir la gramática de la lengua latina, por las semejanzas existentes entre ambas lenguas; al punto que llegó a difundirse la idea errónea de que el latín descendía directamente del griego, con alguna mescolanza bárbara.  Hubo un gramático que demostró originalidad en sus estudios: Marco Terencio Varrón (116 – 27 A.C). Éste realizó una larga disquisición acerca de la lengua latina, en la que investigó su gramática, su historia y su uso contemporáneo. De igual manera, trató cuestiones de Lingüística General, como la controversia entre analogía y anomalía, llegando a la conclusión de que el lenguaje era análogo, estaba gobernado por reglas y era tarea del lingüista descubrir y clasificar estas reglas.  Existen anomalías pero, eran semánticas o gramaticales y que estas deben aceptarse y registrarse, pero que no es parte del trabajo del lingüista el tratar de mejorar la estructura de la lengua, desafiando el uso establecido.  Idea bastante revolucionaria para esa época, enfrentadas a las de hoy en día. A comienzos de la era cristiana, aparecen un gran número de gramáticas latinas, sobresaliendo la de Donato y Prisciano.

En la edad media, estas dos últimas gramáticas, fueron esenciales para la enseñanza del latín, lengua oficial del imperio romano de occidente y, posteriormente de la iglesia; en ella se basaba toda la educación y los estudios lingüísticos.  En el Renacimiento, en el periodo conocido como Carolingio, la obra de Prisciano cobró más importancia, hasta que se convirtió en la base erudita para la enseñanza de la gramática.

Alrededor del siglo XII, se produce un resurgimiento de la filosofía europea en cabeza de hombres como san Anselmo de Canterbury y Pedro Abelardo, dentro de la iglesia, único sostén de la educación.  Con el contacto de Europa con la erudición griega del este, se retomo la lectura de los textos de Aristóteles, con lo que renace el estudio del griego.  Gracias a este resurgimiento, cambio la concepción de la gramática latina, considerada más como una disciplina filosófica que didáctica y literaria.

Con los estudios gramaticales controlados por los filósofos, se empezó a considerarla como un medio de relacionar el lenguaje con la mente humana. La teoría del lenguaje con la que operaban los gramáticos especulativos, adoptaba tres niveles interrelacionados: realidad externa o formas en las que el mundo existe, sus propiedades reales (modi essendi), las capacidades de lamente para aprehender y comprender estas formas inteligibles y los medios a través de los cuales la humanidad puede comunicar esta comprensión (modi significandi).

El aporte más importante de la gramática especulativa, es la teoría de la gramática universal.  Gracias al estudio de las lenguas vernáculas, los gramáticos llegaron a la conclusión de que todos los seres humanos tienen la capacidad de aprender un lenguaje y, que las diferencias, no son más que accidentes.  Los estudios gramaticales se dejaron de lado, por considerarse de poco interés teórico.  Algo por el estilo ocurrió con el estudio de los textos clásicos latinos; pero, no fueron desechados del todo y, en el Renacimiento, fueron definitivamente retomados.

La primera Gramática de la Lengua Española aparece en 1492, de Antonio de Nebrija, en la que esta lengua se eleva a la categoría de la Toscana, heredera privilegiada del latín.

En todo el siglo XVI aparecen gramáticas de lenguas vernáculas (español y francés), de las lenguas indígenas (quechua, náhuatl), lo que demuestra la necesidad que tiene el nacionalismo político, por un lado, la iglesia por el otro, de disponer de un instrumento de identificación y de divulgación respectivamente.  A pesar de esto, no decae el estudio del latín vulgar como lengua franca; existe en el Renacimiento la imperiosa necesidad de rescatar el latín clásico como lengua de cultura.  Del mismo modo, el interés que ha despertado el estudio de la lengua vulgar, hace posible los estudios comparativos, que buscan sus rasgos comunes y más generales.

Durante el Renacimiento, la eclosión de las lenguas vernáculas, da lugar a la revitalización de las investigaciones de la lengua perfecta o común. Aparece la Minerva de él Broncese o más conocida como la gramática de Port Royal, que actúa como eslabón entre las teorías racionalistas del siglo XVII y XVIII.

A raíz del lenguaje y su relación con el pensamiento, el siglo XVII se halla dividido entre las hipótesis racionalistas y empíricas. Muchos pensadores de la ilustración, están influenciados por los principios cartesianos que se habían expresado, a nivel semiótico, en la Grammaire (1660) y la Logigue (1692) de Port Royal.  Autores como Nicolás Beauzée y Cesar Chesneau du Marsais intentan distinguir un perfecto isomorfismo entre lengua, pensamiento y realidad y, en esta línea discurrirán muchas de las discusiones sobre la racionalización de la gramática. Frente a ellos se encuentra la llamada Lingüística Ilustrada, representada por Condillac, para quien toda la actividad del alma, además de las percepciones, procede de los sentidos.  Esta polémica llegará hasta nuestros días de la mano de Noam Chomsky y su Gramática Generativa.

Con la llegada del Romanticismo, se produce un importante resurgir de todo lo que tenga que ver con la cultura de los pueblos y de las naciones, con sus particularidades y, en consecuencia, con lo que pudiera significar el alma del pueblo.  En este contexto, uno de los aspectos más apreciados será el de las lenguas nacionales como principal expresión del alma de los pueblos; de ahí el resurgimiento en esa época de abundantes estudios comparativos, etnográficos y comparativos relacionados con la lengua.  Estas tienen vida, se quiere saber cómo son, por qué cambian, para qué se usan realmente, cuál es su origen.  Se busca el parentesco entre las distintas lenguas, las leyes que expliquen las analogías, los elementos comunes y diferenciales, etc.

El descubrimiento del sánscrito significa un empujón en este sentido.  En 1786 William Jones establece el parentesco del sánscrito con el latín, el griego y las lenguas germánicas. Posteriormente, en 1816, en una obra titulada “Sistema de Conjugación del Sánscrito”, Franz Bopp comprendió que la relación entre lenguas parientes, podían convertirse en una ciencia autónoma. Pero, esta escuela, con haber tenido el merito indisputable de abrir un campo nuevo y fecundo, no llego a constituir la verdadera ciencia lingüística.  Nunca se preocupó por determinar la naturaleza de su objeto de estudio; sin tal operación elemental, una ciencia es incapaz de procurarse un método.

El primer error, que contiene en germen todos los otros, es que en sus investigaciones, limitadas para las demás lenguas indoeuropeas, nunca se preguntó a qué conducían las comparaciones que establecía, qué significaban estas relaciones que iba descubriendo.  Fue exclusivamente comparativa en vez de histórica; pero, por sí sola, no permite llegar a conclusiones.  Estas se les escapaban a los comparatistas, tanto más cuanto se consideraba el desarrollo de dos lenguas como un naturalista con el cruzamiento de dos vegetales.

Hasta 1870 no se llegó a plantear la cuestión de cuáles son las condiciones de la vida de las lenguas.  Entonces se advirtió que las correspondencias que las unen, no son más que uno de los aspectos del fenómeno lingüístico, que la comparación no es más que un medio, un método para construir los hechos.

La lingüística propiamente dicha, que dio a la comparación el lugar que le corresponde exactamente, nació de los estudios de las Lenguas Romances y de las Lenguas Germánicas. Los estudios románicos inaugurados por        Friedrich Diez, en su Gramática de las Lenguas Romance (1836-1838) contribuyeron a acercar la lingüística a su objeto verdadero.  Los romanistas se hallaban en condiciones privilegiadas, desconocida de los indoeuropeístas; se conocía el latín, prototipo de las lenguas romances y, luego, la abundancia de los documentos, permitía seguir la evolución de los idiomas en detalles.  

Estas dos circunstancias limitaban el campo de las conjeturas y daban a toda la investigación, una fisonomía particularmente concreta.  Los germanistas estaban en situación análoga; sin duda el protogermánico no se conoce directamente, pero la historia de las lenguas de él derivadas, se puede seguir con la ayuda de numerosos documentos, a través de una larga serie de siglos.

También los germanistas, más apegados a la realidad, llegaron a concepciones diferentes a la de los primeros indoeuropeístas.

William D. Whitney, autor de La vida del lenguaje(1875), americano, le da el primer impulso. Poco después se formó una escuela nueva, la de los neogramáticos, liderada por alemanes.  Su merito consistió en colocar en perspectiva histórica todos los resultados de las comparaciones y, encadenar así, los hechos en su orden natural.  Gracias a los neogramáticos ya no se vio en la lengua, un organismo que se desarrolla por sí mismo, sino un producto del espíritu colectivo de los grupos lingüísticos. Al mismo tiempo, se comprendió cuan erróneas e insuficientes, eran las ideas de la filosofía y de la gramática comparada.

La lingüística moderna tiene sus orígenes en el siglo XIX, con las actividades de los conocidos como neogramáticos, que gracias al descubrimiento del sánscrito, pudieron comparar las lenguas y construir una supuesta lengua original, el protoindoueropeo (que no es una lengua real, sino una construcción teórica).

Con estos precedentes y el impulso de la corriente estructuralista que se adueña de la metodología aplicada a las ciencias sociales y etnográficas, surge la figura del suizo Ferdinand de Saussure; quien señala las insuficiencias  del comparatismo, al mismo tiempo que acota claramente el objeto de estudio de la lingüística como ciencia (a la que integra en una disciplina más amplia, la Semiología, que a su vez forma parte de la Psicología Social); a saber, el funcionamiento de los signos en la vida social, en su “Curso de Lingüística General”, una edición póstuma de sus lecciones universitarias realizadas por sus alumnos.

Como padre de la nueva ciencia, el aporte fundamental de Saussure fueron la distinción  entre lengua (sistema)  y habla (realización) y la definición de signo lingüístico (significado y significante). Sin embargo, su enfoque (conocido como estructuralista y que podemos calificar, por oposición a corrientes posteriores, como de corte empirista, será puesto en cuestión en el momento en que ya se había dado la mayor parte de sus frutos y, por lo tanto, sus limitaciones quedaban más de relieve.

En el siglo XX, surge el lingüista estadounidense Noam Chomsky, con la corriente conocida como generativismo. Con la aparición de esta escuela de éxito fulgurante, puesto que las limitaciones explicativas del enfoque estructuralista eran evidentes, hay un desplazamiento del foco de atención que pasa de ser la lengua como sistema (el lenguaje saussuriano), a la lengua como producto de la mente del hablante; la capacidad innata para aprender y usar una lengua (la competencia chomskiana).  Según Chomsky, la capacidad de aprender una lengua es genética. Plantea una cuestión fundamental: el argumento de Platón: ¿Cómo es posible que el ser humano aprenda un sistema tan complejo (basado en las jerarquías) a partir de estímulos tan pobres e incompletos? Es decir, la persona que ha aprendido una lengua, es capaz de formular enunciados que nunca antes ha escuchado, porque conoce las reglas según las cuales los enunciados deben formarse. Este conocimiento no es adquirido mediante el hábito (sería imposible) sino que es una capacidad innata. Todo ser humano que nace, ya lleva consigo esta capacidad, que es la Gramática Universal, reglas gramaticales que rigen a todas las lenguas por igual.

Toda propuesta de modelo lingüístico debe, (según la escuela generativista), adecuarse al problema global del estudio de la mente humana; lo que lleva a buscar siempre el realismo mental de lo que se propone; por eso al generativismo se le ha descrito como una escuela mentalista o racionalista.

La escuela chomskiana y la saussureana, se plantean como objetivo la descripción y explicación de la lengua como un sistema autónomo, aislado.

Chocando ambas con una escuela que toma fuerza a finales del siglo XX y que es conocida como funcionalista. Por oposición a ella, las escuelas tradicionales chomskiana y saussuriana reciben conjuntamente el calificativo de formalistas. Los autores funcionalistas (algunos de los cuales proceden de la antropología o la sociología) consideran que el lenguaje no puede ser estudiado sin tener en cuenta su principal función: la comunicación humana.

a figura más relevante de esta corriente, tal vez sea el lingüista holandés Simon C. Dik, autor del libro Functional Grammer. Esta posición funcionalista, acerca la lingüística al ámbito de lo social, dando importancia a la pragmática, al cambio y a la variación lingüística.

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