Mentira y confianza
El cimiento sobre el que se edifican las relaciones humanas es la confianza o la fe. La relación entre los seres humanos no precisaría de la confianza si fuéramos transparentes, pero no lo somos. El descubrimiento absoluto de nuestra intimidad, al contener propósitos e intenciones que podrían estropear el diálogo, frenaría la relación social.
Recurrimos, todos, a un protocolo de comunicación, y el fingimiento, el disimulo y la mentira son aunque cueste reconocerlo componentes esenciales de ese arreglo.
No somos igual de sinceros ante unos que ante otros, esto es obvio. Todos mostramos un cierto grado de opacidad ante los demás, ya que no siempre más sinceridad genera una mayor confianza. La información es poder. Saberlo todo sobre alguien equivale a una forma de posesión.
En cierto sentido, la hondura de la amistad o del amor se mide por el grado de conocimiento recíproco de la intimidad, y por la confianza existente entre los interlocutores.
La confianza es una actitud básica, porque rige la totalidad de las interacciones. La necesitamos, pero la usamos en las dosis que, según nuestro criterio, cada caso precisa. En el momento que surge la comunicación con otra persona hemos de depositar en ella cierto grado de confianza, que es el termómetro de la implicación y vinculación que mantenemos con ella. Apostar por la confianza del otro es considerarle de fiar.
Fiarse de alguien significa creer que las probabilidades de ser engañado son muy escasas o inexistentes. Si queremos ser creíbles, gozar de la confianza ajena, tendremos que olvidar el engaño, la mentira. El crédito que tenemos ante los demás es un tesoro frágil y no perenne, ya que se actualiza y revisa en cada acción, en cada diálogo, que acaban convirtiéndose en una constante prueba de certidumbre.
Es responsabilidad de cada uno de nosotros relacionarnos desde la verdad, lo que no implica el ofrecimiento de toda la intimidad. Cada cual y en cada momento ha de valorar qué y cuánto de su intimidad quiere participar al otro.
La mentira puede hacer daño al destinatario pero en última instancia a quien más perjudica es al mentiroso, ya que le convierte en una persona poco fiable, indigna de confianza y carente de crédito. Lo dice el refrán: ‘En la persona mentirosa, la verdad se vuelve dudosa’.
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