En este mundo existen varias ramas del saber, como la física, la música, la literatura y las matemáticas. De todas estas formas del saber, el conocimiento de uno mismo es el soberano. Sin lograrlo, uno no puede gozar de paz alguna. Aunque uno pueda llegar a tener renombre y lograr reconocimiento en el mundo, no llegará a experimentar la felicidad sin el conocimiento de sí mismo. El conocimiento del Alma, el conocimiento de Dios y el conocimiento espiritual, son todas expresiones que connotan aquella sabiduría que promueve la plena conciencia del Alma y de Dios. El conocimiento de uno mismo representa aquel conocimiento que, al ser adquirido, hace que se sepa todo lo demás. Una persona que posea el auto-conocimiento puede realmente ser aclamada como omnisapiente.
El saber profundo no nos puede dar una paz perdurable y absoluta; sólo el conocimiento de uno mismo puede ayudarnos a cruzar el mar del sufrimiento. De modo que todos deberían empeñarse en lograr este "conócete a ti mismo" que puede adquirirse mediante la pureza de la mente. Esta pureza mental se alcanza mediante obras pías, actos sagrados, caridad, compasión y devoción. La acción desinteresada consagrada a Dios purifica el corazón. El sol de la sabiduría alborea dentro de un corazón puro. Y el nacimiento de esta sabiduría eleva al hombre al estado de Dios.
El esfuerzo humano constituye el primer paso en la empresa para alcanzar este supremo estado de la Divinidad. El segundo factor esencial lo constituye la Gracia de Dios. Cualquiera puede esforzarse por conocerse a sí mismo. Hombres y mujeres, ricos y pobres, todos son aptos para encender dentro de sí la llama de la sabiduría espiritual. Nada se opone a ello, ni distingos de casta, raza o religión. No importa, tampoco, que uno carezca de una educación formal o de una base en ciencias físicas. En el mundo moderno no resulta fácil llegar a obtener este auto-conocimiento. De todos modos, esto no significa que uno deba renunciar al esfuerzo, dejándose llevar por la frustración o la desesperación.
El hombre es, fundamentalmente, Alma; no obstante, posee la envoltura del cuerpo, ¿no es cierto? Desde un punto de vista, el hombre no es diferente del cuerpo, ¿no es así? Pese a ello el hombre siente que no es este cuerpo, siente que su realidad es distinta, siente que no es el bebé que era o el anciano que es, siente que no es el hombre ni mujer, y que persiste a través de la infancia, la niñez, la adolescencia, la edad adulta y la vejez, a través de la masculinidad o la feminidad y a través de todos los otros estados o cambios. De esta manera, también el cosmos y la creación toda no son sino billones de cuerpos de Dios. El es todo y está en todo esto, aunque es inalterable y eterno. La naturaleza está sujeta a cambio. También el Alma se puede contraer o expandir, florecer o marchitarse, brillar o quedar nublada. Las malas obras pueden disminuir su esplendor al nublar su brillo. Su verdad y su sabiduría innatas pueden ser cubiertas por los pensamientos y actos negativos. Todos los actos y prácticas que ayudan a descubrir el esplendor y gloria naturales del Alma se denominan "actos buenos".
En un principio el Alma es "ilimitada", pero más adelante se le ve limitada y restringida, aunque puede recobrar su Verdad y libertad por medio de actitudes y actividades buenas. Todos, sin diferencia alguna, tienen la oportunidad de lograr esta transformación. Cuando el tiempo está maduro, cada uno puede lograr el éxito en esta empresa y liberarse de las limitaciones y ataduras.
Cuando la evolución se torna en involución y se llega a la última etapa de la fusión de lo consciente con lo inconsciente, Dios es lo único que existe. Por su naturaleza misma el individuo es "eterno e inmortal". No tiene ni principio ni final que puedan ser determinados. No tiene nacimiento ni muerte. Es iluminado por sí mismo. Es el conocedor y el conocimiento, el que actúa y el que disfruta. Ya sea que esté atado o liberado, el individuo mantiene intactas todas estas características. No obstante, sea lo que fuere, no tiene la libertad que tiene Dios. En cada acto, el individuo ha de utilizar al cuerpo, a los sentidos, a los aires vitales que operan en el cuerpo. Todos ellos coexisten con lo Divino en el individuo. Cualquier cosa que sea, el individuo no es una máquina que carece de voluntad propia. Del mismo modo en que las actividades de esta vida se encuentran determinadas por las actividades de vidas previas, la naturaleza de las actividades de esta vida determinará las de la próxima. Dios es quien decide el lugar y el tiempo, la circunstancia y la consecuencia de acuerdo con la naturaleza de las actividades llevadas a cabo en esta vida. Dios tiene el poder para configurar la naturaleza del hombre, pero no ejerce ese poder para moldearlo de manera diferente. Lo deja al libre albedrío del individuo, el cual tendrá que aprender las lecciones a través de la experiencia.
Los pedazos de piedra que se desprenden al cincelar una roca son una parte de ella; mas el individuo no es una parte de Dios de esta forma. En un sentido, tanto el individuo como el universo son distintos y diferentes de Dios. En otro sentido, en cambio, son inseparables. Este misterio de separación y la identidad no puede ser captado por medio de la razón y el intelecto. Sólo puede ser entendido a través de los Vedas y su mensaje. Esta es la principal de las lecciones que puede inculcar la cultura espiritual.
Cada niño llega al mundo llevando la carga de las consecuencias sin saldar, acumuladas en vidas previas. No cae del regazo de la naturaleza tan simplemente como un rayo desde las nubes. Nace en este mundo con el objeto de experimentar las consecuencias tanto benignas como negativas de sus propios actos en vidas pasadas. Esta es la explicación de las diferencias tan evidentes entre los hombres. Este es el principio del karma.
Entre los hombres, cada uno es responsable de su buena o mala fortuna; cada uno es el constructor, el arquitecto. La suerte, el destino, la predeterminación, la voluntad de Dios, no son sino explicaciones derribada cada una por el principio del karma. Cuando el hombre se de cuenta de que Dios no tiene parte en lo que se refiere a causarle sufrimiento y que la única causa no es sino él, que no tiene a nadie a quien culpar, que solamente él es tanto el agente como el beneficiario o la víctima -la causa y el efecto- de sus actos, que es libre para configurar su futuro, sólo entonces se acercará a Dios con un paso más firme y una mente más clara.
Si el hombre se ve afligido por la desgracia en el presente, con toda seguridad no es sino el resultado de los actos que ha llevado a cabo. De la misma manera, ha de tener la certeza de que su felicidad y su buena suerte también están en sus manos. Si lo decide, puede lograrlas.
Si una persona es pura de espíritu ahora, ella misma es la causa. A menos que lo ansíe, no podrá lograrlo. De este modo queda claro que la voluntad inherente al hombre se ubica más allá de todos los estados y condiciones, de toda la formación y toda transformación. La libertad que esto representa es el resultado de sus actos pasados, y es poderosa, infinitamente fructífera y suprema.
El Alma no es ni masculina ni femenina, no es dable que se le impongan estas distinciones. Ellas no representan más que atributos físicos que pertenecen al cuerpo. Cuando se habla del Alma, ideas como éstas sólo son un signo de engaño; no son pertinentes sino cuando se habla del cuerpo. También las discusiones respecto a ?edad? son producto de este engaño. El Alma es eterna. Esta entidad intemporal es siempre una y única.
¿Cómo llegó a encarnar el Alma? Para todo este encierro y atadura del Alma en el cuerpo no hay sino una razón: falso conocimiento, la falta de una Conciencia correcta. Es por ignorancia que el hombre llega a esclavizarse y, por ende, no hay sino una cura: la sabiduría. Sólo ella lo puede guiar. ¿Cómo puede lograrse esta Conciencia?
Hay tres vías para llegar a ella: el amor, la devoción, y la adoración de Dios con dedicación plena, a través del servicio lleno de amor y de adoración prestado a todo ser viviente (que no son más que templos de Dios en movimiento, puesto que El reside en cada uno de ellos). Mediante éstos puede llegar a disolverse el falso conocimiento, la ignorancia y hacer que las ataduras se corten. Entonces el individuo quedará libre.
Una vez que el individuo está en camino hacia su meta, logrará contento de sí mismo, y descubrirá en su interior la fuente de la bienaventuranza. Los deseos y ambiciones, las ilusiones y las falsedades, las necesidades animales y las ridiculeces que preocupaban al individuo hasta ese momento, desaparecerán. Tal persona es un Creador real, él es un individuo que está liberado y realizado aun en vida. La totalidad es Bienaventuranza. Bienaventuranza es Paz. Aquellos que no renuncian al auto-examen continuo, reciben la gracia del Señor y avanzan hacia su liberación. Siempre estarán buscando la Verdad Eterna que descansa detrás de las ilusiones oníricas de este mundo.
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