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Capítulo 3:

 Feminidad, masculinidad y andrógino

Visitemos el pasado, por un instante: Feminidad, masculinidad y andrógino

Desde los comienzos de la humanidad, se destacaron diferencias sexuales que con el tiempo produjeron distintos papeles sociales o roles, que a su vez estaban vinculados a ciertas características laborales asignadas. Dichas diferencias surgieron de la división del trabajo por sexo entre los nómadas. Siendo así, las mujeres dedicaban más tiempo al cuidado de los hijos y a la recolección de las frutas y legumbres, mientras que los hombres cazaban para proveer proteínas, protección y pieles para el bienestar de su comunidad.

Sólo es a partir del siglo XX que las ciencias sociales han estado intentando describir al hombre y a la mujer por separado. Porque es a partir desde entonces cuando el rol social secundario de la mujer empieza a desaparecer.

Inicialmente se consideraba que las características de los sexos (del género) eran unidimensionales, es decir, que a partir del sexo biológico de la persona, se podían predecir sus estereotipos, así como sus rasgos de personalidad como si fueran un ‘paquete’. Es por ello que los instrumentos de medición implicaban una serie de preguntas en torno a los desempeños sexuales, la personalidad y aspectos biológicos, que posteriormente al ser contestadas, se sumaban a fin de obtener una calificación específica para masculinidad y otra para feminidad. (Véase, Donde se aprende de los problemas de los estados intersexuales en monografías.com).                    

Más adelante surge la perspectiva bipolar, que sostiene que los atributos masculinos y femeninos, se encontraban situados en dos polos opuestos de un continuo, partiendo de masculinidad en uno de los extremos, a feminidad en el otro, por lo que, mientras más masculino, más se alejaba el sujeto de lo femenino y mientras más femenino, más se apartaba éste de lo masculino. Es decir, que los dos polos eran mutuamente excluyentes y que por lo tanto no se podían manifestar ambos en el mismo sujeto simultáneamente.

Por su parte, algunos exponen una posición dualista, en la cual, la masculinidad y feminidad, en el sentido psicológico, son dimensiones separadas de la personalidad que pueden coexistir en un mismo individuo. De esta manera, a partir de los años setentas, la concepción unidimensional y bipolar de masculinidad-feminidad experimentó un cambio notable al considerarse que una misma persona, independientemente de su sexo biológico, puede estar dotada de un repertorio conductual constituido por características masculinas y femeninas. Es decir, puede ser más o menos andrógino, lo que implica la facultad de ser más flexible y adaptativo a la sociedad y lograr mantener, al mismo tiempo, mayores grados de autoestima y auto concepto. (Léase aquí, La presidencia como símbolo del narcisismo fálico femenino en monografías.com).

Recientemente, investigadores canadienses realizaron un nuevo instrumento de medición de masculinidad y feminidad, el cual ha sido evaluado para esta ponencia, que consta de 88 palabras que describen características masculinas y femeninas (positivas y negativas).

Al considerarse dentro de la psicología social la posibilidad de la androginia psicológica en los individuos, compuesta tanto por características instrumentales masculinas como por características expresivas femeninas, surge un vínculo con los postulados clínicos de Jung en relación con la feminidad-masculinidad, ya que éste también propone la existencia de componentes femeninos en el hombre, a los que denomina Ánima y componentes masculinos en la mujer conocidos como Ánimus.

Desde este punto de vista jungiano, la personalidad de los seres humanos se relaciona tanto con los fundamentos históricos, así como con los ontogénicos del individuo es decir, para él, la personalidad individual es el producto y la síntesis de su pasado ancestral (filogénesis), por lo que el hombre actual ha sido conformado con base en las experiencias de las generaciones que lo han antecedido y nace con las predisposiciones transmitidas por sus antepasados. El origen de la personalidad, entonces, es racial y no como establece el postulado freudiano de que ésta se fragua en la infancia. Por lo tanto, para Jung, la personalidad es preformada y colectiva, aunque puede ser modificada en relación a la experiencia actual del propio sujeto estas suposiciones no están establecidas firmemente, aunque hoy resuenan a las actividades, entonces inéditas, de la epigénesis.

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