Los cambios se empezaron a producir con mayor facilidad cuando aflojé mis restricciones. Pronto me conocieron como el «Vamos a hacer un trato, Dave». Mis pacientes me demostraron que podían seguir más tiempo con sus esfuerzos, estabilizar su peso, mantener su presión sanguínea dentro de límites aceptables y cumplir con un montón de marcadores de la buena salud aun permitiéndose ocasionalmente algún que otro desliz en sus dietas. Empecé a observar un patrón. Muchos de ellos se aferraban a algún alimento «salvavidas» o «poderoso» de sus dietas, a la vez que disminuían, aunque no abandonaban, los alimentos que no les aportaban mucho. ¡Por fin comprendí que comer sano no tenía por qué ser blanco o negro, que el gris también funcionaba!
Irónicamente, el verano de 2006, cuando estaba escribiendo este libro, me convertí en mi propio paciente. Durante más de un año, estuve tan concentrado en hablar de las virtudes de comer bien y de hacer ejercicio que sin darme cuenta me desvié de mi estilo de vida saludable. Parecía que con cada pulsación, mi barriga y mi trasero aumentaban de tamaño, mientras estaba dando consejos a los demás para que los suyos fueran más pequeños. Mi señal de alarma se disparó cuando me pidieron que instruyera a los bomberos de Chicago en un programa que habían diseñado para reducir el colesterol. Descubrí que los bomberos corrían mucho más riesgo de morir de un infarto de miocardio que por apagar un fuego, de modo que me alegré mucho de poder ayudar. Como acto de solidaridad, me hice un análisis de sangre para ver mi nivel de colesterol, y descubrí que la alarma también corría por mis venas, ¡estaba en 238! Eso fue la gota que colmó el vaso. Pero en lugar de mi anterior enfoque de «cortar de golpe», decidí modificar lentamente mi dieta añadiendo los alimentos sobre los que vas a leer en este libro. Al cabo de 30 días de pequeños cambios, sin la ayuda de ningún medicamento o de una dieta radical, mi colesterol bajó a 168, la friolera de 70 puntos en sólo 30 días. ¡Además perdí algo más de cuatro kilos!
Cada mañana empiezo con mi bol grande de avena con almendras, higos, arándanos rojos y cerezas nadando en leche de soja. Como salmón y sardinas, y bebo café y té verde. Empecé a hacer ejercicio cada día durante 30 minutos y no lo he dejado desde entonces.
He descubierto muchos alimentos que han tenido un profundo efecto en mi salud y en la de mis pacientes, alimentos que ofrecen la esperanza de reducir o incluso sustituir a los medicamentos para enfermedades como la hipertensión, nivel elevado de lípidos en la sangre y la diabetes.
He visto mejorar a personas que padecían problemas digestivos, sexuales, de cognición, niveles bajos de energía y otros entre una lista interminable de condiciones patológicas, únicamente cambiando sus hábitos alimenticios por otros más saludables. Hay alimentos que no sólo salvan literalmente vidas, sino que también son deliciosos y agradables.
Muchos de los alimentos que aparecen en este libro son muy comunes, y puede que los hayas estado comiendo toda tu vida sin haberte enterado de sus beneficios. Tu iniciación puede que comenzara cuando tu madre te obligaba a comerte todas las verduras para que crecieras mucho y estuvieras fuerte. Quizá descubriste que usaba un poco más de ajo con la esperanza de que sus propiedades alejaran los resfriados y la gripe. Pero mamá también tenía la tarea de preparar comidas apetitosas. Sabía que a menos que fueran buenas había muy pocas posibilidades de que siguieras tomando tu «medicina». Mi meta, al igual que la de ella, es enseñarte a integrar alimentos saludables en tu dieta de modo que te resulte fácil y delicioso alimentarte bien.
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