El caso de Alexander: cuando las dietas son interminables
Alexander, por Alexander the Great, ya que sus padres emigraron de la isla de Jamaica a Santo Domingo, de lo que hace tanto tiempo, que nadie podía recordarlo como el legendario don Aureliano Buendía…
Lo bautizaron así, como si el nombre dado lo predestinara a algo glorioso.
Con su patronímico egregio, Alexander se convirtió en otro miembro humilde de una de las tantas dinastías, de pobres dominicanos, con hijos que ostentan nombres ilustres.
César y Cesarina eran los mellizos, Augusto, Octavio, y Reina eran los restantes. El papá, Aristóteles, la mamá, Yocasta.
Alexander creció en Licey al Medio, en la cercanía de un riachuelo. Se ganaba el sustento cargando agua en burros, para venderla a los habitantes de la aldea del Guayabo.
Si otros, que, de jóvenes, acarreaban la leche, eran lecheros. Alexander, ¿qué sería?: ¿’agüero’ o, tal vez, ‘aguajero’? ¿Qué más da? (El articulo para consultar: F. E. F. Larocca, La Magia de la Semántica).
Un médico, poseedor de tierras y de vacas en una finca cercana, se sintió atraído por la ambición intelectual del jovenzuelo Alexander y lo enseñó a leer.
Alexander, no pudo resistir el deseo de educarse. Dejó de cargar bidones de agua, se dedicó a estudiar, en la escuelita local y completó los cursos necesarios para cumplir la educación primaria. Después, se enganchó en la guardia y, terminó el bachillerato, durante el gobierno del presidente, Rafael F. Bonelly.
Más adelante, se inscribió en la facultad de medicina de la USD egresando con honores. (Consúltese: F. E. F. Larocca, ¡Médico!, para una reseña del arte, la ciencia y la persona).
Con una beca provista por el gobierno costarricense, el joven médico hizo un posgraduado en endocrinología en ese país; de donde retornara, acompañado por Adela, su esposa tica.
Alexander confrontaba dos problemas de índoles difíciles: 1. Era obeso. Pesaba 280 libras, y 2. Fumaba mucho.
Lo del cigarrillo, lo resolvió sin penas. Dejó de fumar cuando empezara a perder pacientes que resentían su adicción al tabaco.
Pero la gordura, no la pudo eliminar.
Mientras que algunos pacientes susurraban cosas desagradables: ‘doctor cúrese a sí mismo…’
Otros decían: ‘¿Cómo quiere ponerme a dieta, si usted es quien está gordo?’
Una mujer, muy franca, como suelen ser las dominicanas jamonas, le dijo: ‘¡Cómprese un espejo!’, como consejo gratuito de vecina bienintencionada.
La gente es cruel…
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