La "revolución de los hacendados" en productividad del trabajo y rendimientos del campo durante el siglo XVII se habría ejecutado dentro del marco de la agricultura tradicional (sin modificar su marco institucional de relaciones de propiedad y uso de superficies comunales o en subarriendo). La mayor eficiencia del trabajo y el incremento en rendimientos se habría traducido entonces a mejoras en la renta de toda la población, no sólo de los propietarios privados.
Luego durante el siglo XVIII se habría producido una "revolución de los señores (landlords) rurales" que lograron nuevos incrementos de productividad por una "economía de escala" al incrementar las dimensiones de sus fincas. En este período, a diferencia de lo sucedido en el anterior, la mejora de eficiencia en la producción rural sólo habría beneficiado a los grandes propietarios. Los campesinos desplazados habrían terminado formando el proletariado de desempleados rurales.
Y esta situación supuso un excedente de mano de obra en el sur de Inglaterra que mantuvo a mínimo nivel el coste de la mano de obra durante la primera parte del siglo XIX. Pero ni esos campesinos abandonaron entonces el campo, ni la proto-industrialización absorbió realmente esas capacidades de trabajo. Simplemente se empobreció a una gran parte de la población rural.
Esta hipótesis niega la presunción de que el sacrificio de cierto nivel de justicia social implicado en la nueva ordenación de la propiedad - hacia los latifundios más productivos - se habría visto compensado por el crecimiento económico logrado durante el siglo XVIII.
El proceso implicó fallos dramáticos en el mercado: el mayor tamaño de una explotación rural podía tener efectos positivos sobre la productividad del trabajo, pero lo cierto es que el aumento de tamaño sólo tuvo lugar durante el siglo XVIII. En realidad, la dimensión de una explotación no implica mayor rendimiento por acre.
Hacia 1800 el rendimiento por acre debió alcanzar alrededor una libra, pero el aumento de renta al pasar de 30 a 200 acres ahorraba sólo 0,61 libras esterlinas.
A principios del siglo XVII el tamaño medio era de 69 acres, y a fines de siglo llegaba a 71 acres, mientras que en 1800 debió llegarse a una explotación media de 146 acres. No se dan explicaciones del por qué si se lograban tales incrementos de productividad no se produjo antes la concentración rural. Las conclusiones de Allen serán rechazadas por quienes han estudiado la historia de la agricultura inglesa.
Sobre la base de 28 observaciones sobre el rendimiento en trigo por acre, y en 35 observaciones sobre el valor de las cosechas de cebada en los registros más serios de Oxfordshire durante el siglo XVII, Mark Overton, el primero en haber usado estos datos, y luego Paul Glennie han realizado varios estudios también en otras partes del país y encontraron menores incrementos de rendimiento hacia 1700 y mayores desde esas fechas hasta 1850.
El trabajo de Allen levanta tantas preguntas como las que soluciona. El estudio de estos problemas necesita más investigación sobre esta época proto-industrial.
Precisamente esa situación de penuria sería la que favorecería la creación de las "industrias domésticas" , las mismas que servirán de base al sistema del Putting-Out de la primera industrialización. Estos mini-talleres domésticos campesinos lo eran principalmente del textil, en especial, y a partir del XVIII, del algodón importado desde África y América. La situación no era distinta en el continente, aunque el proceso se desarrolló con cierto retraso respecto a la evolución en la Gran Bretaña.
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