El Superyó es la instancia que brota de la internalización de las normas y los valores sociales y culturales. Aquí, como en toda otra ocasión, la familia juega un papel fundamental. La teoría clásica dice que el Superyó se forma a partir de la figura paterna y su autoridad. Hoy, que ya no somos tan patriarcales, nos quedamos con la idea de que se forja en contacto con todo aquello que representa e impone límites, normas, valores, prohibiciones, exigencias, etcétera. Funciones que, de entrada, suelen corresponder a los padres (no al padre) y luego se hacen sentir desde otras alineaciones de la realidad: maestros, hermanos, amigos, jefes... Estamos ante la conciencia moral del individuo.
El Superyó vendría a ser como el policía de la personalidad. En este sentido, es muy importante recordar una cuestión: la policía puede actuar como alguien que prohíbe, censura, castiga o persigue, pero también como una fuerza que protege y ayuda. Así que el Superyó no debe ser considerado, en absoluto, sólo en términos negativos. Habría una parte del Superyó protectora y muy necesaria. Del mismo modo que una sociedad sin orden no puede sostenerse, tampoco los seres humanos podríamos hacerlo sin la presencia del Superyó. Las funciones de autoobservación, autocrítica, imposición de normas de conducta y otras regulaciones, como el sentimiento de culpa, nos son imprescindibles para una vida eficaz. Por cierto, antes de que se me olvide: el Superyó es en parte consciente y en parte inconsciente. Se rige básicamente por el principio de realidad, pero en según qué ocasiones puede hacerlo según el del placer.7
Si resumimos la dinámica entre las instancias de la personalidad que acabamos de explicar, nos queda una narración como la siguiente: El Ello, nuestra parte más primitiva, salvaje y caprichosa, requiere al Yo para que le procure todo tipo de satisfacciones inmediatas. El Superyó, nuestra conciencia superior, le ordena al Yo controlar al Ello y no ceder a sus demandas excesivas, sino tan sólo a aquellas que hayan pasado por el filtro de la razón, el buen juicio, la prueba de la realidad y los valores sociales y particulares. De ahí que el Yo viva en constante conflicto y tensión. Freud decía que la dificultad para encontrar una fórmula de equilibrio ente las demandas del Ello, las exigencias del Superyó, las capacidades del Yo y los límites de la realidad es una de las fuentes generadoras de ansiedad.
Creo que, si ponemos un ejemplo, todo se te hará más inteligible. Un ejemplo que podamos extrapolar a muchas otras situaciones, sean de tipo profesional, personal, económico, etcétera. Imaginemos a un deportista que compite. No nos engañemos: lo que desea es ganar, ganar siempre. El niño que lleva dentro –el Ello– no se aviene a eso tan manido de que lo importante es participar. Todos los niños quieren ganar y esta actitud de ser el primero, el mejor, el superior, el más aplaudido, el rey de la casa, deja su señal en el Ello. Éste, pues, le impulsaría a hacer cualquier cosa por conseguir la victoria. Pero una voz interior le dice a nuestro atleta que no se puede ganar haciendo trampas, dopándose o empujando al contrario. Ha entrado en liza el Superyó y, en consecuencia, el Yo moldea su conducta. El sujeto en cuestión decide entrenar en la medida de lo posible, estudiar al rival, cuidar su organismo, y terminará aceptando, si es el caso, una derrota sin que haya de parecer que el mundo se acaba. El Yo del sujeto ha logrado armonizar al Ello, al Superyó y a la realidad; ha conseguido que el deportista compita en las mejores condiciones posibles.
Sí, sí, ya sé que, de lo anterior, todo parecido con la realidad del deporte profesional, salvo notables excepciones, es pura coincidencia. Quizá se deba a que en muchos deportes profesionalizados –y en muchos otros ámbitos sociales– lo que priva es el Ello y el principio del placer, y, por tanto, lo único importante es ganar –dinero, fama, prestigio, poder, etcétera–, ser, en definitiva, el rey de tal o cual especialidad.
Ya ves, hasta en la comprensión de ciertas cosas que pasan en nuestra sociedad nos puede ayudar saber algo de psicoanálisis. En realidad, saber un poco de psicoanálisis puede ser útil para intentar explicarnos, no del todo, por supuesto,8 muchos de los lances importantes que suceden en nuestra vida, tales como el amor y el odio, por ejemplo. Es a lo que vamos a continuación.
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7Retomemos el ejemplo de la nota anterior. En dicho paciente actuaría una parte de Superyó muy exigente, regido por el principio del placer, que buscaría una descarga de la tensión –asociada a la culpa, por ejemplo– de modo inmediato e irracional, y de ahí la autolesión.
8Errado irá aquel que crea, como tantas veces se dice, que el psicoanálisis tiene explicación completa para todo. Como sugiere Sáinz (2007), hacemos lo que podemos y los terapeutas planteamos muchas preguntas, para las que obtenemos algunas respuestas, que en ningún caso dan por concluida la interrogación. Otra cosa es que haya psicoanalistas que actúen en la fe de que sus teorías son concluyentes y definitivas, que de todo hay. Pero estos últimos harían bien en re-analizar su propia estructura de personalidad; quizá les falte un tanto de principio de realidad.
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