RELACIONES MÉDICO-FAMILIA
Las nuevas relaciones que se establecen entre médico-familia-niño deforman las relaciones entre madre y niño, más todavía cuando este es pequeño. Algunas madres soportan muy mal sentirse desposeídas por otro de su función de cuidadora o de protección Se han observado depresiones en las madres, en ocasiones incluso profundas.
La relación de dependencia de los padres con el personal médico, tanto mayor cuanto más grave y prolongada sea la enfermedad, puede abocar a una relación superficial y obsesiva, centrada en los pequeños detalles de la enfermedad. A esto Cramer lo denomina "Colusión del silencio", donde "las actitudes del médico y la familia se entrelazan reforzándose unas con otras, para acabar en un diálogo limitado a aspectos rutinarios o externos de la enfermedad"; se deriva, de esta situación, una ocultación de los problemas de fondo, del pronóstico, de la etiopatogenia y de las necesidades del mundo afectivo, del enfermo.
NOCIÓN DE MUERTE
La noción de muerte, como concepto existencial o como vivencia, en el niño se organiza, a lo largo de la evolución madurativa de este, en torno a dos ejes fundamentales; por una parte la percepción de la ausencia de un ser querido y más tarde la integración por introyección mental de la persistencia de esta ausencia afectiva.
El proceso madurativo, a lo largo de la edad evolutiva, que se desarrolla, dibuja unas cuatro fases o etapas, que podrían definirse de la siguiente manera:
1) De 0-2 años, fase de incomprensión total. En este periodo el niño no percibe más que la insatisfacción ligada a un deseo de presencia inmediata
2) Fase de 2-4/6 años, fase abstracta de percepción mítica de la muerte.
3) Fase de hasta los 9 años fase concreta de realismo y personificación.
4) Fase a partir de los 10 - 11 años, fase abstracta de acceso a la angustia existencial.
El dominio cognitivo de la noción de muerte es relativamente tardío.
Las observaciones de niños con pronóstico mortal demuestran que, en la mayoría de los casos, el niño tiene conocimiento, si no la certidumbre, de su destino. Puede experimentar un sentimiento de culpabilidad en relación a su familia que está triste, que llora por su causa... Esta culpabilidad puede ser el origen de una reacción en apariencia paradójica en el niño, que muestra una subexitación que puede incluso tomar el aspecto de una discreta euforia.
En el periodo terminal, si no está dominado por la enfermedad física, el niño desea hablar de lo que le amenaza; algunos no dicen nada rechazan los cuidados, se aíslan como si huyeran ante el abandono que teme, o como si no soportasen a los que le abandonan y que no saben aportarle recursos.
Hay pocos recursos de ayuda para conseguir una tranquilización; mas allá del uso de sedantes, tranquilizantes o antiálgicos, puede utilizarse las técnicas fundamentadas en el contacto corporal; facilitar la verbalización de la angustia que pueda expresar el niño, nos permite conocer el nivel de su sufrimiento, su miedo al abandono y a la soledad.
Es fundamental dejarse llevar por las preguntas del niño, bajo ningún concepto eludirlas y siempre darles respuestas simples y directas, con finalidad clara de tranquilización.
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