Ivar Lovaas (1987) nos ofrece los resultados de su proyecto de intervención conductual en niños pequeños autistas, iniciado en los años setenta. Su objetivo era maximizar los beneficios conseguidos con terapéutica conductual, a través de tratarles intensivamente tanto en tiempo como de entornos significativos, con la expectativa de que los niños puedan atrapar el nivel de desarrollo.
Trabajó con niños entre dos y cuatro años, con edades mentales iniciales de al menos once meses, y diagnosticados de autismo. Cada niño tenía diversos terapeutas, y se implicaba a los padres y profesores en las técnicas de intervención; el trabajo era personalizado e individual, fundado en la teoría del refuerzo operante, y en métodos de discriminación y aprendizaje. La duración del tratamiento era como mínimo de tres años.
Sus resultados claramente indican la validez del proyecto, ya que en todos los niños se produjo un notable aumento del cociente intelectual (30 puntos), y aumentó la cantidad de niños que consiguieron llegar a un CI dentro de la normalidad, con la consiguiente disminución de lo que quedaron en niveles propios del retraso mental.
El autor destaca que a partir de las variables seleccionadas en la investigación, se puede construir una buena ecuación predictora de la evolución de los casos, resultando ser la edad mental y el nivel de habla las variables más significativas con respecto al pronóstico. Estos resultados permiten recuperar la esperanza de que hay intervenciones psicológicas y educativas que mejoran la calidad de vida de estos niños; el autor señala que una de ellas es la instauración de límites y normas claros y firmes; esto le lleva a subrayar la necesidad de intervenir lo más precozmente posible.
A partir de sus resultados, propone tres conclusiones.
.- Al menos, hay dos grupos claramente diferenciados de niños autistas: los que se recuperan y mantienen un desarrollo normal, y los que siguen presentando algún tipo de déficit. Se plantea que quizá sea porque haya etiologías diferentes, dejando abierto el camino para investigar cómo identificar estos grupos.
- Los niños recuperados muestran no tener déficits permanentes en las áreas intelectual, comportamental y del lenguaje; también se muestran normales, en contra de lo que algunos autores, entre ellos, Rutter, han postulado, lo cual es consistente con la idea de Kanner de que disponen de un buen potencial intelectual.
- Todos los niños mostraron mejorías en todas las conductas observadas inicialmente como deficitarias. Por lo tanto, el hipotetizado daño neurológico que mediaría una clase particular de comportamiento, como por ejemplo, el lenguaje, no es consistente con estos datos.
Baron-Cohen (1990), también desde el marco de la psicología conductual-cognitivista, parte de la idea de que las personas autistas tienen alterada su capacidad para atribuir estados mentales (creencias, pensamientos, sentimientos, etc.) a sí mismos y a los demás; lo denominan “ceguera mental”. Esta dificultad sería el resultado de una alteración en la parte del cerebro encargada de esta función.
Desde esta concepción, la alteración de la capacidad para atribuir estados mentales sería primaria, nuclear y subyacente al trastorno de la comunicación y del comportamiento social. Al no poder hacer atribuciones de estados mentales, el comportamiento de los demás no puede entenderse; la imagen que nos propone el autor para entender el funcionamiento autista es la de estar inmersos en un entorno en el que suceden cosas, a las cuales no les podemos dar ningún sentido o significado: no imaginamos el sentido de los acontecimientos. El miedo y la ansiedad que sentiríamos nos llevaría a retirarnos defensivamente de este mundo. Baron-Cohen también apoya estas tesis en la Teoría de los Actos de Habla, en la que se postula que toda comunicación implica que los participantes tengan un conocimiento previo del interlocutor, así como de sus intenciones: es decir, es necesario poder atribuir estados mentales.
A partir de que la clínica nos muestra que algunos sujetos diagnosticados como autistas pueden hacer una “teoría de la mente”, se plantea una única entidad de trastorno, pero con diferentes niveles de afectación dentro de un continuum, descartando implícitamente la posibilidad de entidades diversas pero con semblanzas.
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