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Religión. El poder de la Oración cristiana

Autor: Agustín Fabra
Curso:
9,50/10 (2 opiniones) |711 alumnos|Fecha publicación: 04/02/2011
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Capítulo 3:

 Cristianismo. Tipos de oración (2/2)

La oración de contemplación es cuando aparece de una manera vivenciada, como experiencia, la receptividad, la escucha, la santa pasividad, la actitud vivenciada del hágase tu voluntad, el estado de confianza… Entonces cesa la verbalización, y uno queda sumergido en esa vivencia sin palabras, sin pedir nada, solamente descansando en el estado de quietud o en el perfume de lo sagrado. En realidad la contemplación no es algo difícil ni de otro mundo. Lo que es difícil es mantenerse ahí durante las veinticuatro horas del día, durante toda la vida... eso es ser un santo... Pero acceder a ese espacio cada día por algunos momentos más o menos largos, no es algo difícil. Con el paso de los años ese estado se irá haciendo más frecuente y más permanente.

 

Los restantes tipos de oración frecuentemente se unen entre sí. La persona ruega a Dios por sus necesidades y, simultáneamente, le glorifica por su magnificencia y benignidad, agradeciéndole este lazo de unión que es la oración. Otras veces simplemente le abrimos nuestro corazón y nuestra alma, sin necesidad de palabra alguna, y en otras oramos por nuestros semejantes. Las más solemnes oraciones de alabanza se transforman a veces en súplicas conmovedoras y, por el contrario, en ocasiones ruegos plañideros a Dios pidiendo ayuda se resuelven en un cántico de agradecimiento y de alabanza.

Además de los tipos de oración mencionados, hay otras varias que se adecúan a nuestro estado de ánimo en determinados momentos, como pueden ser la oración escrita, la leída, la de acogida, la rezada, la auditiva, la visual, la de abandono o la de desprendimiento         . Un compendio de los diferentes tipos de oración se encuentra en los Talleres de Oración del sacerdote jesuita Ignacio Larrañaga.

“Cerca está Yahvé de los que lo invocan, de todos los que lo invocan con sinceridad. Cumple los deseos de sus leales, escucha su clamor y los libera”                                                                                           (Salmo 145:18-19)

 

Cómo se debe orar

En primer lugar debemos indicar que existe una diferencia abismal entre rezar y orar. Rezar es               repetir una oración que otra persona ha pensado, expresado o escrito con anterioridad. Orar, en cambio, no es repetir, sino hacer oración. Por consiguiente orar es crear oración basándonos en sentimientos propios, en emociones íntimas, en dificultades y problemas personales, y no solamente es reproducir las expresiones originadas en la mente de otra persona. Orar es tener experiencia propia; no ajena. Rezar es, al contrario, repetir la experiencia ajena sin tener, en la mayoría de las ocasiones, esa experiencia íntima con Dios que nos provee el hecho de orar.

 

Al comenzar la oración la persona debe dejar de lado sus habituales ocupaciones y preocupaciones; concentrar sus pensamientos dispersos como si cerrara la puerta de su alma a todo lo terrenal y mundano, y luego dirigir toda su atención hacia Dios. Contemplando la faz del Señor e imaginando vívidamente su magnificencia, el orante se compenetra necesariamente con la profunda conciencia de su dignidad e indigencia. Recordemos siempre que “al orar es necesario imaginar toda la creación como nada frente a Dios, y a Dios único como todo” (Juan de Kronstadt, 1829-1908).

La humildad del cristiano no engendra desaliento ni desesperación. Por el contrario, se une con la fe firme en la verdad y omnipotencia del Padre celestial. Sólo la oración con fe puede ser escuchada por Dios (Mateo 21:22). Debemos recordar el legado y la promesa de Jesús de que es necesario siempre orar sin abatirse: “Yo os digo: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Lucas 11:9). Los ejemplos evangélicos de la mujer cananea rogando a Jesús por la curación de su hija (Marcos 3:8-11), de la viuda desamparada que obtuvo justicia de un juez injusto (Lucas 18:1-8) y casos similares, dan testimonio de la gran fuerza y poder de la oración.

Tal vez la oración no sea escuchada de inmediato. El orante no debe perturbarse por ello ni caer en el desaliento: se trata de una prueba, no de un rechazo. Si El no abre prontamente las puertas de su misericordia, es necesario “aguardar con una esperanza luminosa” (Juan Crisóstomo, 347-407). El verdadero cristiano continuará su oración con ahínco y con fuerza hasta tanto logre atraer hacia sí la gracia del Señor. Así lo hizo el patriarca Jacob, el cual decía al Desconocido que luchaba con él: “No te dejaré hasta tanto no me bendigas”(Génesis 32:27), y realmente recibió la bendición divina.

Si Dios es nuestro Padre celestial, entonces todos nosotros somos hermanos. El sólo aceptará nuestra plegaria cuando nos encontremos en relaciones realmente fraternales con los demás, cuando eliminemos todo rencor y enemistad, cuando perdonemos las ofensas y nos reconciliemos con todos nuestros hermanos: “Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas” (Marcos 11:25).

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