La agresividad contra los objetos
El comportamiento agresivo puede no solamente manifestarse verbalmente, sino también físicamente. El niño en edad escolar puede lanzar o destruir objetos, se trata de un comportamiento situado a mitad camino entre la agresividad verbal que se pierde en cualquier cosa en el vacío, y la agresividad física dirigida directamente contra el otro. El niño o adolescente puede enfadarse con los objetos que pertenecen a sus padres o a su familia: lanzar un bote o un plato, romper un mueble, desgraciar una parte de la casa (el baño, el comedor...). El niño o adolescente puede igualmente destruir los objetos que le pertenecen y a los cuales está muy vinculado. El comportamiento destructor se vuelve más grave a ojos de los que le rodean puesto de deja huellas: el objeto debe ser reparado o reemplazado. Puede presentar este tipo de comportamientos o amenazar con hacerlo después de experimentar una frustración banal y normal (denegarle un regalo o un permiso). Si los padres han estado involucrados en una relación patológica con el niño o adolescente y ceden a sus crisis de cólera, no sabrán como hacer frene cuando la tome con los objetos. Sucede lo mismo cuando los padres prefieren no intervenir, temiendo empeorar la situación y aumentar la agresividad del niño o el adolescente que amenaza con tomarla con ellos físicamente. Los padres son a veces tolerantes y silenciosos frente a los comportamientos destructores porque temen los conflictos y la repercusión en la pareja. La conducta destructora del niño o del adolescente se traduce tanto en el ataque masivo de la autoridad de uno de los dos padres, como la agresividad de uno de los padres hacia el otro cuando la complicidad patológica se ha instalado.
La utilización de objetos puede estar considerada como un medio de desviar la agresividad para no hacerla llegar directamente sobre el otro, pero debe sobretodo comprenderse como un paso al acto indicando una incapacidad flagrante de verbalizar la agresividad. El niño o adolescente manifiesta una importante intolerancia a la frustración, al mismo tiempo que una débil capacidad de mentalización.
El recurso a este tipo de comportamiento se observa en las familias donde los padres son débiles o temerosos, donde la falta de entendimiento conyugal es latente o abierta. Se observa igualmente en ciertas familias donde la violencia verbal o física es un modo corriente de comunicación. Las divergencias y los conflictos no son discutidos o hablados, pero sí ridiculizados frente a frente o descargados a través de objetos con puñetazos o patadas. La comunicación familiar se establece bajo la forma de descargas, de pasos al acto, si bien ésta debería ser verbal.
El comportamiento destructivo puede igualmente expresarse fuera del círculo familiar, particularmente en el contexto escolar. El niño o adolescente puede reaccionar a una frustración (mal resultado, castigo recibido) y no la emprende con objetos pertenecientes al colegio (por ejemplo romper las cerraduras de las puertas, pintar las paredes con graffitis, estropear el material; también puede, sin motivo aparente, expresar su malestar interior o su agresividad latente cometiendo pequeños actos de vandalismo cuando va deambulando y presumiendo en los pasillos o las estancias del colegio. En este caso, el comportamiento destructor es solitario y no se incluye en el contexto de una banda o de actividades más delictivas.
La agresividad contra las personas.
La agresividad del niño o del adolescente puede finalmente expresarse físicamente, aplicándola directamente sobre los demás. Los niños en edad escolar pueden atacar a otros niños, a menudo más pequeños, más jóvenes o más inhibidos; utilizan la provocación verbal (burlas, insultos), la provocación física (empujones, zancadillas, codazos, etc.) con el fin de desencadenar una confrontación física. El niño agresivo pone literalmente al otro en el desafío de medirse a sí mismo; si el otro niño no lo hace lo ridiculiza y lo trata de miedoso; en el caso de que responda a la provocación, es acusado de haber empezado y haber desencadenad la pelea. El mecanismo de identificación del agresor es corrientemente presentado en este tipo de altercado (“no e sido yo el que ha empezado, ha sido el otro”).
El niño o adolescente se siente fácilmente provocado, y todo es un pretexto para justificar su agresividad (por ejemplo, una mirada, un sonrisa); de hecho, busca descargar la agresividad retenida a la más mínima ocasión que se le presenta. Los mecanismos de control son débiles, el deseo de dominar al otro es importante. El niño o adolescente es identificado rápidamente por el grupo como alguien del cual hay que alejarse, al cual se le teme físicamente, es impopular y aislado socialmente. Estos niños tienen una imagen de sí mismos negativa (por ejemplo, a causa de sus malos resultados escolares, de un peso excesivo o de un fracaso deportivo). Busca valorarse a sí mismo convirtiéndose en un líder y usando su fuerza física.
El niño o adolescente puede igualmente, en el interior del colegio o de un grupo, amenazar con recurrir a la fuerza física si los otros no se doblegan a sus exigencias; asimismo, pide que se le de regularmente dinero o que se venda droga u objetos robados para embolsarse él los beneficios. El adolescente puede hacerse rodear de cómplices que utiliza para pegar o intimidar a otros adolescentes; puede servirse de chantajes (desvelar un secreto a los padres o profesores) para obligar al otro a someterse a sus exigencias. La mayoría del tiempo, los niños o adolescentes que recurren frecuentemente a la fuerza física para imponerse a los otros presentan rasgos delincuentes o cometen efectivamente esos delitos.
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