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El cubismo, conocido por su pensamiento rebelde en contra de lo tradicional y aburrido, implementa nuevas técnicas de desarrollo de la pintura. El origen del nombre debemos buscarlo en Vauxcelles, quien criticó negativamente lo que él definía como “construcción de las obras a base de insignificantes cubos”. Este estilo artístico dio paso a un concepto diferente de la pintura, un pensamiento revolucionario que irrumpía todas las leyes y parámetros, seguidos anteriormente para lograr armonía y perfección en las obras de arte, para imponer geométricamente un sentido más amplio de la perspectiva y representaciones de lo que los rodeaba.
Aunque también tuvo sus influencias en la literatura y la escultura, el cubismo mantuvo su personalidad gracias a la pintura, aislándose extremadamente de lo habitual, lo natural, lo armónico, para concentrarse en el objeto y sus diferentes ángulos. Así, a través del cubismo y sus dibujos, se lograban mostrar todas las dimensiones que componían un objeto, en un mismo plano. Todo esto basado, primordialmente, en formas geométricas, las cuales daban paso al realismo conjuntando todas las dimensiones en la obra de arte. El cubismo alcanzó el reconocimiento que se merecía en el ámbito artístico, llegando también a provocar conmoción por sus bases antiestéticas y poco comunes conocidas en la época, dando al arte una visión opuesta y más amplia en sus planteamientos.
El cubismo acaba con mucha de las tradiciones griegas y pictóricas conocidas, como las paisajísticas. Atrae con el volumen, color, movimiento y espacio de un objeto en un mismo plano, para con colores, diferentes perspectivas y muchísima creatividad, lograr que la obra interactúe con el espectador, más allá de lo que lo hacía anteriormente, consiguiendo más que la concepción formal, la recreación mental y experimental de todas estas opciones cubistas.