¡Con solo 4 pistas!
La fotografía forense es una de las subdivisiones que se derivan de la criminología y, por tanto, forma parte de la formación académica de la misma. El trabajo del fotógrafo profesional en estas áreas va más allá de fotografiar escenas, ya que tiene que trasladarse a un laboratorio de fotografía forense a revelar el material con el que se ilustrarán los dictámenes.
Gracias a las fotografías forenses, los investigadores examinan lugares, cuerpos y artículos implicados en un crimen, obteniendo el máximo de información en el menor tiempo posible. Para obtener datos específicos, las fotografías son llevadas al laboratorio donde pasan por procedimientos como la fotomicrografía, la fluorescencia ultravioleta o la contraposición de fotografías para obtener datos más detallados.
En el caso de la medicina forense, la fotografía es un auxiliar para documentar los pasos de la evaluación de cadáveres, cuyas imágenes se usarán luego en los tribunales como pruebas. Las fotografías forenses no pueden tener ningún tipo de retoque, efecto técnico u otras modificaciones en el negativo o las copias que puedan cuestionar su veracidad.
Para ser presentadas en un juzgado, las fotografías forenses deben tener la habilidad de relacionar el objeto individual con su entorno y con cada pieza cercana, apoyado por imágenes complementarias y relacionando los parámetros espacio-tiempo según los testimonios y datos correspondientes.
En la actualidad, las cámaras digitales están siendo utilizadas para sustituir la película hecha de celulosa por tarjetas de imagen, que aunque tienen menos resolución son más prácticas. La desventaja de las fotografías digitales radica en su fácil manipulación vía ordenador, puesto que no se tiene acceso a los negativos originales. Además, hay que tener en cuenta que la popularidad de las cámaras de vigilancia y los teléfonos móviles ha permitido a testigos capturar crímenes en imágenes que luego son examinadas para ir a un juzgado.