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La educación para una higiene adecuada está relacionada con el desarrollo de una serie de hábitos, de unos saberes haceres, que favorecen la salud, en el sentido amplio de la misma, al contribuir a la prevención de contextos favorables a la proliferación de gérmenes generadores de enfermedades, nocivos tanto para el ser humano como el medio ambiente.
La educación de las personas para que sigan unos comportamientos higiénicos ha de comenzar desde las edades más tempranas y para ello resulta esencial hacerlo a través del ejemplo personal. Los padres deben potenciar en los niños hábitos de higiene física -como el correcto aseo diario, el cepillado de los dientes y el lavado de las manos antes de cada comida y luego de ir al baño-, así como una correcta higiene de la ropa y el calzado.
La importancia del seguimiento de ciertas normas de conducta higiénicas muy sencillas, se demuestra con el hecho de que según datos de UNICEF, más de la mitad de las enfermedades y muertes que ocurren en la primera infancia, están causadas por gérmenes trasmitidos por vía bucal, mediante el consumo de alimentos o agua contaminada, o de ingerirlos con manos sucias.
Pero una correcta higiene personal no es importante solo para nuestra salud individual. La higiene es fuente además de una mayor autoestima en las personas y contribuye de forma importante a una mejor inserción en la vida social, facilitando las relaciones humanas y la integración de los sujetos en los distintos grupos y colectivos.