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La pintura con acrílico surge a finales del siglo XIX y se extiende a partir de 1920 gracias a la producción industrial de pigmentos acrílicos y otras resinas derivadas del petróleo. Desde el primer momento se presenta como una mejora de la pintura al óleo, que utiliza aceites de tonos parecidos pero que tardan más en secarse.
Las ventajas de la pintura acrílica consisten en su resistencia. Las superficies bañadas con acrílico, ya se trate de un cuadro o de nuestras propias uñas, no se cuartean con el paso del tiempo. Son capaces de aguantar humedad y altas temperaturas, por lo que uno de los pioneros en su uso fue el muralista mexicano Diego Rivera, que necesitaba un pigmento resistente con el que pintar edificios públicos.
La pintura con acrílico se popularizó con el arte moderno y el pop art, destacando las obras de Andy Warhol, Jackson Pollock y Mark Rothko. Pronto fue ampliamente usada en el mundo de la estética para pintar, decorar y reconstruir las uñas con formas y colores. Se considera un pigmento ideal para esta labor debido a su rápido secado y a que las manchas e imperfecciones pueden quitarse con agua.
El resultado final de la pintura con acrílico dota a las uñas de mayor volumen y atractivo, rematando los colores elegidos con un reflejo color mate. Es posible pintar con acrílico en todo tipo de superficies, pero su uso en el mundo de la estética ha evolucionado hasta convertirse en todo un arte pictórico.