La
dislexia es un problema que afecta al lenguaje en su conjunto. Los factores que mejor predicen el riesgo de tener dislexia se dan en el parvulario y tienen que ver con la dificultad para nombrar letras, la falta de memoria para repetir frases, la dificultad para nombrar colores o para hacer emparejamiento de palabras. Mejorando las estructuras lingüísticas básicas durante los primeros cuatro o cinco años de vida de nuestro hijo será como mejor ayudaremos a evitar que se presenten dificultades de lectura en edades posteriores.
Tradicionalmente se ha supuesto que para aprender a leer son necesarios unos condicionantes madurativos que el niño no consigue hasta que cumple los 6 años. Sin embargo, cada día está más comprobado que la maduración es fruto de la estimulación que, día a día, recibe el niño.
La lectura no es una asignatura escolar sino lenguaje que, como tal, requiere una buena organización neurológica y una buena lateralidad. La dislexia, como consecuencia, es un problema de lenguaje, lo que se confirma por la gran relación que hay entre niños que tienen dificultades para hablar entre los 4 y 5 años y los niños que tienen dislexia después a los 9.
Prevenir la dislexia supone mejorar el lenguaje en general mediante una buena organización neurológica y una correcta estimulación del lenguaje oral.
Desde que en los parvularios se ha estimulado con lenguaje escrito a los niños y niñas desde edades tempranas, se ha conseguido que lleguen más niños a primaria con buen nivel lector y detectar de forma precoz los niños que pueden tener alguna dificultad para empezar cuanto antes el tratamiento.