Justicia, igualdad, tolerancia... Son términos que cada día se escuchan más en las escuelas. La "
Educación en Valores" ya está presente en el curriculum escolar, pero eso no es suficiente. Quedarnos en el nivel teórico no sirve de nada. Y, en la práctica, a menudo olvidamos que palabras tan grandilocuentes como "Empatía" o "Respeto" se traducen en premisas tan sencillas como "no tirar papeles al suelo", "ceder el asiento a quién más lo necesite" o "abrir la puerta a quién va cargado".
El hogar es el auténtico formador de personas. Los niños aprenden continuamente de sus padres, no sólo lo que éstos les cuentan sino, sobre todo, lo que ven en ellos, cómo actúan, cómo responden ante los problemas, en definitiva, los niños observan y copian el proceder de sus padres ante la vida. La auténtica educación en valores, más que enseñarse, se transmite, pasa de los padres a sus hijos desde el mismo día del nacimiento hasta el final de la vida. No obstante, tiene una importancia relevante durante los primeros años.
Si de pequeños no nos hemos acostumbrado a guardarnos el envoltorio en el bolsillo cuando no hay una papelera a mano, a no poner la
música muy alta para no molestar al vecino, a dar las gracias cuando nos hacen un favor o a no insultar a los que son diferentes, será más complicado aprenderlo luego. El civismo, el respeto, la honestidad y todos los valores humanos son en gran medida hábitos, rutinas que aprendemos en la familia de forma inconsciente y que más adelante llegamos a valorar con la reflexión que permite la madurez.
La mejor forma de transmitir valores, de aprender a vivir en sociedad, es no aplicar jamás la tan popular frase de "haz lo que yo digo, y no lo que yo hago". Si queremos que nuestros hijos alcancen esa sociedad tan soñada debemos empezar por crearla nosotros mismos y "hacer lo que decimos".