Entonces, los hijos éramos nosotros. "Esta semana, gran programa doble". El sábado o el domingo por la tarde nos daban en casa las pesetas para pasar la tarde mágica junto a los amigos en el cine del barrio con "una de romanos", "una de selva", "una de convoys" -queríamos decir "cowboys", pero la fiebre del
inglés estaba aún por venir-, "una de policías" y, si había mala suerte, "una de amor". ("Tarzán" y "El gordo y el flaco" tenían categorías aparte.) ¡Ah, y el bocadillo! Los olores a chorizo y a tortilla se mezclaban con el ambientador de ozonopino. La gloria, entonces, olía así.
La media de
televisión que veíamos cuando nosotros éramos pequeños era, en el caso más extremo, una nimiedad frente a las tres horas y media por niño y día que he llegado a leer no hace mucho en una estadística. ¡Tres horas y media! ¿Cuántas -y, sobre todo, qué- programas ven nuestros hijos en una semana? ¿Quienes son ahora los héroes en la televisión? ¿Qué interruptores encienden y apagan en las cabezas de nuestros hijos? ¿En qué medida se hallan nuestros hijos preparados o desvalidos frente a ese enorme caudal de referencias cruzadas y confusas?
Hay que hacer frente a todo esto: ahora nos toca a nosotros. Ahora somos nosotros los responsables del mundo en que crecen nuestros hijos. Responsables. Tenemos que responder. Marcar el camino, abrirlo, desbrozarlo. Y enseñarles para que cuando no estemos continúen ellos. Y claro, esto no se hace de la noche a la mañana. De eso hablamos, de educar.
La tecnología y el desarrollo económico nos han regalado estos instrumentos magníficos de comunicación y de diversión. Se trata de aprovecharlos en nuestro beneficio. De que nos ayuden a vivir mejor y a hacernos mejores. No podemos ser retrógrados y renunciar a los medios de comunicación porque su mal uso nos cree problemas, como no vamos a prescindir del automóvil porque se produzcan accidentes. Hay que aprender a manejarlos y reducir los errores al mínimo posible con sensatez y el comportamiento debido.