En los niños con Síndrome de Down es casi inevitable que la atención se dirija hacia lo que el niño no puede hacer, lo que le lleva a identificarse con sus limitaciones y a bloquear, en ocasiones, su deseo de aprender. Así, puede llegar a adoptar una actitud pasiva de «no sÉ» o «no puedo» que encubre la desesperación que le produce el hecho de no ser capaz de hacer lo mismo que los demás. Atender a esta situación puede dar al niño la confianza que necesita.
El proceso de adaptación de un niño con Síndrome de Down al entorno escolar se considera un elemento fundamental en su desarrollo social y personal. Este proceso debe seguirse de cerca por un especialista.
Es casi inevitable que la atención se dirija hacia lo que el niño no puede hacer, lo que le lleva a identificarse con sus limitaciones y a bloquear, en ocasiones, su deseo de aprender. Atender a esta situación puede dar al niño la confianza que necesita. Es importante poner énfasis en sus aspectos más desarrollados para que el niño no se identifique sólo con lo que no sabe hacer.
La escuela puede incidir en la aceptación de la discapacidad, la autonomía personal, la construcción de la identidad y la adquisición de madurez.
Paralelamente al trabajo en el colegio, es interesante que el niño con Síndrome de Down asista a algún grupo terapéutico en el que se encuentre con otros niños que tienen su misma discapacidad y con los que puede compartir las experiencias de la vida cotidiana.
El grupo se reúne para hacer un trabajo creativo y para afrontar las dificultades psicológicas de sus miembros. Cada uno siente que ha de cooperar, aportar su opinión, etc., y esto facilita, a la vez, la socialización. El sentimiento de hacer una cosa en compañía de otros, el hecho de implicarse en una tarea común, tiene un efecto constructivo y terapéutico.