- La curiosidad humana es mayor que la humanidad de los curiosos. Desde tiempos inmemoriales el hombre se hacía la bizantina y no menos bizarra pregunta (la mujer no, pues éste era aún un problema mascúleo): "Utrum Adam habuerit umbilicum necne?" o sea, acerca de si Adán tuvo o no ombligo. La duda recorrió por siglos los silentes claustros monacales, y se debatió en las justas escoláticas a punta de silogismos, y en ocasiones a leño partido.
Santo Tomás, el de Aquino, terció, cambiando el "idem", y llevó la "summa quaestio" a otra no menos preocupante: "Curnam homo mammas habuerit?" o, como quien diría, pues entonces para qué las tetillas del hombre? Teológicamente, el Aquinate zanjó el asunto fallando que por
estética: "Imaginaos, hermanos, cosa más fea que un hombre sin esos pezoncillos que tan bien le van al triángulo que remeda la trinidad divina!".