El 21 de septiembre de 1558, día de San Mateo, moría en Yuste el emperador Carlos V. Acababa así uno de los reinados más intensos de la
historia de Occidente. Esos años fueron vividos por los contemporáneos entre esperanzas mesiánicas que aunaban los últimos esplendores del otoño medieval y la difusión de las ideas del humanismo surgido en Italia, con su recurrente apelación a la universitas christiana. En 1558 el final de esa trayectoria biográfica y política fue interpretado como la materialización de un cambio de ritmo histórico. En el apartado monasterio jerónimo de Extremadura moría el
César, durante décadas celebrado por media Europa como el sucesor de Carlomagno e, incluso, como un nuevo Augusto que debía restaurar el reino de la justicia personificado por la mítica Astrea. Ese es el mensaje que subyace en los programas iconográficos y las oraciones fúnebres que se elaboraron con motivo de las suntuosas exequias organizadas en las principales ciudades de los dominios del Emperador, de Bruselas a Nápoles, de Valladolid a Méjico, así como en otras grandes urbes como Roma. De acuerdo con la idea renacentista del triunfo de la Fama, se desplegaron las clásicas alegorías mitológicas asociadas al poder real, como Hércules y Júpiter. Este último apareció en medio del mar, con las dos columnas del Plus Ultra, el famoso lema acuñado en Bruselas por el humanista milanés Merliano en 1516. La introducción de alusiones al pasado local para legitimar el dominio de la Monarquía fue un recurso habitual en las ceremonias de todos sus territorios, tanto en Europa como en América. Pero, al mismo tiempo, el mensaje representado en túmulos como el realizado en Bruselas, con su gran cortejo funerario que atravesó la capital de Brabante presidido por el nuevo monarca, Felipe II, constituye un testimonio de singular valor de aquella encrucijada cultural entre tiempos y espacios distintos que supuso el reinado del Emperador. Pocas figuras como él han concitado tantos debates de los historiadores sobre los límites de las caracterizaciones epocales identificadas con los conceptos de Edad Media y Renacimiento. El caballero formado en las tradiciones aristocráticas y devotas de la suntuosa corte de los duques de Borgoña, admirador de
El Caballero Determinado de Olivier de la Marche, el
miles Christi en quien Erasmo y Vives soñaron con ver encarnado su anhelo irenista, el señor natural de tantos dominios dispuestos a imponer la fuerza de sus leyes y tradiciones frente a cualquier proyecto de uniformización, es también el monarca que inaugura la modernidad -o, al menos, muchos de los aspectos asociados con ese término comprometido-, que delimita las fronteras de sus territorios, que impulsa la renovación militar y tecnológica, que se adentra por los caminos del pacto y la transacción para salvaguardar el patrimonio heredado y hacer viable su gran proyecto hegemónico; el político que conoce las realidades descritas por Maquiavelo y Guicciardini; el cortesano, en fin, capaz de asimilar el mensaje renovador e ideal de Castiglione y de encarnar las aspiraciones de los humanistas. En la encrucijada de Flandes e Italia, los dos grandes polos de la cultura europea desde la Baja Edad Media, aquel soberano en apariencia tan contradictorio, presidió la configuración de la Monarquía que habían de regir sus sucesores de la casa de Austria.
Los avatares y las contradicciones, reales o aparentes, que encierra ese proceso histórico desbordan los límites convencionales de un reinado y de una trayectoria biográfica, como reflejan las características del retiro elegido por un monarca tan singular al final de sus días y la imagen que de él empezó a construirse con especial intensidad a partir su muerte. Por ello, parece necesario afrontar el 450 aniversario de ésta con una reflexión sobre las múltiples dimensiones comprometidas por ese hecho. La ocasión parece aún más oportuna tras la gran cantidad de estudios y actividades de diversa índole y calidad suscitada hace pocos años por la conmemoración del quinientos aniversario de su nacimiento. Es el momento de detener la mirada historiográfica en el valor de esas aportaciones, enriquecidas por otras más recientes, a partir del análisis de los últimos años del Emperador en Yuste, de la trascendencia política y artística de las ceremonias organizadas a su muerte y de la imagen posterior ligada en gran medida a la ideología imperial entonces difundida. Con el objetivo de aclarar esos temas, el presente curso se plantea desde una perspectiva interdisciplinar que, al igual que los protagonistas de la época objeto de estudio, no separa en compartimentos estancos realidades políticas y culturales emanadas de la misma sociedad y del común marco ideológico que la encauzaba tanto como representaba. Ideas, imágenes e intereses personales o colectivos forman parte del mismo horizonte vital que pretendemos observar a partir de la riqueza de significados contenidos en un hecho tan trascendente como es la muerte de una de las figuras más decisivas de la
historia de Europa y del mundo. De ahí el esfuerzo desarrollado por destacados especialistas españoles y extranjeros por profundizar, a la luz de las últimas investigaciones, en el significado político de la muerte del César, en los proyectos funerarios que acompañaron desde su juventud la construcción de una imagen legitimadora de su acción imperial de acuerdo con la continua renovación de los lenguajes artísticos, de las imágenes, los objetos y las lecturas que iluminaron tanto el
otium como el
negotium de su período final de retiro en Yuste, de las ceremonias funerarias organizadas en sus principales dominios y de la imagen política e histórica a que dio lugar su trayectoria. La celebración del curso en El Escorial constituye un valor añadido para renovar nuestra percepción del Real Monasterio, no en vano planteado también por su fundador, Felipe II, entre otros muchos objetivos, como un gran homenaje a la memoria de su padre.