Rafael (1483-1520), discípulo del Perugió, aprendió de su maestro el arte de la construcción, pero halló en Florencia la magia de Leonardo y el culto de Miguel Angel, combinando sabiamente el equilibrio y la fuerza de sus obras a través de una armonía sólida y apacible como se da ya el óleo sobre tabla en 1506, "La Virgen de la Pradera". En la misma mantiene la típica composición, piramidal Leonardesca, pero se aparta del maestro en la robustez de las formas y en tratamiento del color, lo que acerca a Miguel Angel, consiguiendo de este modo darle ese acento particular que distingue su estilo.