Los primeros días de vida del bebé no es extraño que sólo la madre sea capaz de calmarlo cuando llora o cuando está inquieto. El padre se afana, pero parece que el bebé es menos sensible a sus cuidados. Entonces, de pronto, la suegra se lo quita de los brazos y en un santiamén lo tranquiliza. ¿Por qué la voz de la madre (y la voz de la tía, y de la abuela) tiene esa influencia sobre el bebé, pero no la voz del padre?
Sabemos que hacia los cinco meses de gestación, tal vez antes, el feto comienza a desarrollar el sentido de la audición, una audición que apenas puede diferenciarse bien de otros sentidos, como el sentido del tacto, pero que le permite entrar por primera vez en contacto con el mundo exterior. Hay que tener en cuenta que allá dentro el mundo exterior se reduce a los ruidos producidos por el cuerpo de la madre, en particular, el latido del corazón, que es una presencia constante y poderosa (pero también regular e indistinta) y la voz de la madre, una presencia sonora igualmente constante y poderosa, pero sumamente cambiante, distinta cada vez: aunque la madre ni lo sabe, porque ella habla para otros, su bebé la escucha narrar, cantar, preguntar, ordenar, quejarse, reír...
Es decir, el primer contacto del bebé con el mundo exterior, mucho antes de nacer, es la voz de la madre. No es de extrañar, por tanto, que la voz de la madre tenga ese efecto especial sobre el bebé, y que sea el primer vínculo de unión entre ambos: antes de ver su cara, antes de oler su piel, antes aún de necesitarla para comer y para moverse, la voz de la madre es el cordón umbilical que les une y que les unirá para siempre.
Fuente: Escuela de Padres Solohijos