Un grupo de hombres perseguidos, frente a un desierto que adivinan inclemente y extenso, vacilan. Uno de ellos, que parece el jefe por la severidad de la estatura y por la calma al responder, expone su visión de la llanura: «un desierto es un espacio y un espacio se cruza».
Más adelante se viene a saber que sólo el que ha hablado sobrevive a la travesía; se enseña, después, que el hábito del sol y de la arena produce un hombre distinto, acaso menos rectilíneo que el que enunciaba el desierto desde su umbral; se representa, por último, la salvación de ese hombre, que prescribe el regreso a la civilización que lo había empujado al borde del desierto.
No es imposible que el fracaso de ese trayecto permita a sus descendientes -que desconocerán las dunas- relatos de magnífica nostalgia.
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