- Existen obras que, por si mismas, dejan zanjadas las cuestiones que nos desvelan. Otras plantean exiguamente los problemas y nos dejan con el apetito abierto para seguir investigando. Las hay que son lamentables compendios exhaustivos que dejan demasiado enardecida la cabeza y en una lúgubre penumbra invernal nuestro corazón. Escritos que arrebatan nuestros espíritus y otros que nos dejan dispuestos a la contienda.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando un libro susurra algo, quizá con una intención sutilísima del autor consciente o inconsciente, o se desbroza en un argumento que, a todas luces, se despierta de manera anodina? ¿Qué sucede cuando un autor del que se espera un mediodía queda en un amanecer?
Pueden acontecer dos cosas: fraguar un lector desilusionado o generar un arqueólogo alentado por la lectura "esotérica" de la obra. En el primer caso seremos testigos de un crítico superficial, en el segundo de un buscador del santo grial que anhelará la autenticidad del contenido...