- Medir es comparar. Medimos la calidad de nuestras acciones cuando las comparamos con los objetivos tras los cuales las hemos ejecutado, medimos el largo de nuestras vidas en la cantidad de objetivos que conseguimos, y así medimos y comparamos todo el tiempo. Hacer una pausa y medirnos como hombres, entre hombres y frente a nosotros mismos, es un hecho que nos ha llevado siempre tras la estela del poder.
Pero es el poder el fin del hombre? El poder en virtud de qué objetivo?
Medimos nuevamente la necesidad del poder que buscamos, comparándola con el mérito de poseerle que nos brinda nuestra innoble naturaleza, y, finalmente, no encontramos sino que el polo lejano del trayecto es la supremacía por la virtud.
Talvez no es extensivo a toda la especie, pero a lo largo de la
historia sería imprudente negar que esta costumbre ha estado muchas veces ligada a nuestros actos como individuos y como naciones.
Es la política entonces una ciencia de control. Un arte egómano y a la vez plus socialista, el control sobre el hombre mismo a fin de controlar las riendas del destino de su especie, una ilusión secular de superioridad del hombre mismo frente al mundo y al destino.
Lo otro, la inmersión en la miseria colectiva, el retorno al animal del cual no conseguimos liberarnos aún, la revolución a cambio de nada y el porvenir sin esperanza, en Aristóteles: el apercibimiento fatal de la verdadera felicidad del hombre.
Encontramos en su Política, un acercamiento a la medida del hombre como Estado mismo, pues le conforma y le edifica en mutualista convivencia e inextricable correspondencia. Un vistazo a las formas de su tiempo que sencillamente nos conducen a criticar severamente esa obtusa perseverancia de nuestros hombres y pueblos al reiterar sus crasos comportamientos políticos.
A continuación, una opinión personalísima, una Política de Aristóteles a la tenue luz del vistazo en solaz.