El ser humano, en su fase adulta, tiene la capacidad de procesar ideas, de expresar sentimientos y de filtrar o equilibrar emociones. Sin embargo, en la etapa infantil su unidad cuerpo-mente todavía no está desarrollada ya que toda su energía y funciones están encaminadas a completar su desarrollo físico-orgánico. Erróneamente se piensa que los niños tienen ideas (que piensan) o que manifiestan emociones propias. «Pero si se es capaz de observar en forma objetiva a los niños, se podrá comprobar con certeza esta realidad: Los niños no piensan, son pensados.»

Esto es muy fácil de comprobar, basta con alejar a un niño «problemático» (incluso a un joven) de su entorno habitual y facilitarle un entorno donde se expresen ideas y experiencias contrarias al ambiente «difícil» donde está siendo criado-educado. En poco tiempo manifestará un cambio evidente.

Lo que los niños manifiestan como «ideas» no son más que programas de actuación adquiridos en forma mimética. Impregnaciones del ambiente emocional en el que están inmersos y basta con cambiar el medio para que la forma de «expresarse» del niño cambie. Los niños son buenos ejecutores del medio en el que están insertos precisamente porque todavía no son capaces de filtrar la carga emocional propia de cada espacio. Simplemente lo MIMETIZAN.

Cosa que les convierte en «monitos» graciosos o en pequeños «diablillos» si el ambiente está saturado o cargado de emociones negativas. Para entender este proceso de lectura mimético/emocional hay que pensar en la emoción como el CLIMA que caracteriza a un ambiente determinado. Al igual que sucede con el clima meteorológico, los adultos tenemos un sistema inmunológico adaptado a los virus e inclemencias y además una educación que nos permite elegir la ropa y complementos que nos protegen de las inclemencias del tiempo. Los niños no poseen ni lo uno, ni lo otro. Y su cuerpo necesita ser protegido y aislado en forma conveniente, mientras su sistema inmune va fortaleciéndose.

«Un sistema inmune fuerte es el reflejo de una identidad personal sólida.» En relación a los ambientes, hay una serie de peligros que acechan al tiempo de la infancia y es responsabilidad de los padres y educadores velar por la conciencia del niño para que se mantenga pura e inocente, emocionalmente hablando. Otra imagen mítica o arquetípica ideal para perfilar la imagen de los niños es la de un angelote o querubín. Un ser genéricamente neutro (sin sexo) y «alado» (con los pies fuera de la tierra).

Esta imagen define claramente las necesidades básicas de los niños en el tiempo de la infancia: un tiempo para crecer lejos de imágenes estereotipadas relativas a los roles sexuales y lejos de las preocupaciones terrenales. Toda inmersión en estos espacios, propios de la vida adulta, enturbia el desarrollo del niño, le hace poner los pies en la tierra y frena su desarrollo psico-físico. El niño necesita crecer lejos de ambientes cargados o tensos y padres y educadores deben de facilitarle (pienso que son facilitadores más que educadores) la vida. Hacerle oler, tocar, escuchar, ver, SENTIR Y GUSTAR, que la vida es fácil y bella…

Creciendo con estas premisas su futuro no será un problema.

 

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